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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana el Día de la Hispanidad

Granada, 12.10.1983

N

os encontramos en Granada. Venimos de la Catedral en donde hemos tenido la ocasión de orar ante la tumba de los Reyes Católicos. No nos es posible, por tanto, evitar -y menos un doce de octubre- su evocación.

Como ha ocurrido con otras egregias personalidades, muy pronto la leyenda se apoderó de la figura de los Reyes Católicos. Tenemos que hacer un gran esfuerzo para contemplarlos en sus dimensiones reales, pero tenemos que hacerlo porque se nos impone el deber de arrebatarlos al mito y devolverlos a la historia.

¿Y qué nos dice la historia sobre los Reyes Católicos? El juicio objetivo y sereno es inapelable. Fueron unos grandes estadistas, los más grandes reyes, seguramente, de nuestro pasado. Su reinado es una fuente perdurable de enseñanzas.

El azar, o la providencia, han querido que ese reinado se resuma, con sus luces y sombras -luces resplandecientes, profundas sombras- en el año 1492. Hasta tal punto es así que no dudaríamos en considerarlo como el año más decisivo de nuestra historia. Dos de los más trascendentales acontecimientos en él ocurridos tuvieron lugar en estas tierras granadinas. Granada se nos abre así a los españoles como una emoción de belleza y como un símbolo.

Los tres hechos de aquel año que marcaron indeleblemente nuestro destino fueron: la conquista de Granada, que ponía fin a la Reconquista; la firma de las capitulaciones de Santa Fe, que hacía posible el descubrimiento de América, y la edición de la primera gramática de la lengua castellana, que daba pleno sentido a los otros dos.

El reinado de los Reyes Católicos, abre la historia de la Edad Moderna. Y lo hace a través de esos dos objetivos conseguidos en 1492: la superación de los particularismos medievales y la constitución de España en Estado, gracias a la política de unidad que culmina en la conquista de Granada; y la superación del espacio político europeo tradicional, en virtud del descubrimiento de América, que logra, por primera vez, la universalización de la historia.

Los Estados modernos fueron, indudablemente, un instrumento imprescindible para fortalecer los lazos de las comunidades humanas más vastas que las medievales y para amalgamar extensos territorios.

Pero estas nuevas realidades políticas no produjeron una fractura del sentimiento de comunidad europea. Quedaba, como resonancia, una herencia común del pensamiento grecorromano y cristiano y, a su vez, se iniciaba una multiplicación de las relaciones interestatales -tanto políticas, como culturales y mercantiles- que hará que los europeos se sientan, aunque agrupados ya en amplios territorios soberanos, como ciudadanos de una patria común.

Cuando se diluye este sentimiento de comunidad con los nacionalismos exacerbados -que no han sido únicamente un pecado europeo, ni cometido solamente por comunidades constituidas en Estados- y que tuvieron la responsabilidad de conflictos bélicos continuos de dolorosísimos holocaustos humanos, se consideró que los Estados estaban en crisis y que pronto serían formas políticas del pasado.

No obstante, el Estado como organización política no ha sido superado y, bajo ciertas condiciones, supone la única garantía firme de la unidad, de la justicia y de la libertad.

Es condición esencial para que así ocurra el que el Estado sea democrático. Y es democrático, en la tradición occidental, cuando no es concebido como un valor absoluto, como un fin en sí mismo, sino como un instrumento al servicio del hombre.

Quiero recordar un episodio histórico, vivido en estas tierras granadinas, que ilustra a la perfección cómo entendieron los Reyes Católicos la misión de la Corona y los fines y limitaciones del Estado.

Se había iniciado lo que verosímilmente habría de ser el comienzo de la última fase de la reconquista total del reino nazarí.Estaba asediada Baza y un día llegaron al real Fray Antonio Millán, prior del Monasterio del Santo Sepulcro de Jerusalén y otro padre franciscano. Venían con una embajada del Gran Sultán de Egipto y con un mensaje del Papa Inocencio VIII.

Los nazaríes habían hecho un llamamiento al Gran Sultán y éste había escrito al Papa pidiendo el cese de la guerra, bajo amenaza, en su caso contrario, de tomar represalias con los cristianos de sus dominios.

Fernando e Isabel contestaron que no había paralelo posible, que España había sufrido una invasión injusta y que, por lo tanto, la guerra de Reconquista era una guerra justa; y que los musulmanes que permanecían en territorios cristianos españoles vivían en paz y, añadían los Reyes: «conservan sus personas en toda libertad e poseen sus bienes libremente e los consienten vivir en su ley con toda esención, sin los facer premia».

Vemos en este episodio la concepción de los Reyes sobre los deberes insoslayables de la Corona y la modernidad de su sentido del Estado.

Al Estado corresponde en exclusiva la salvaguardia de la integridad territorial y el empleo de la violencia, en caso necesario, para restaurar el derecho. Pero, entendían los Reyes Católicos, que ello implicaba, al mismo tiempo, el respeto escrupuloso de las libertades de las minorías.

Cuando el Estado actúa como un Estado de derecho, tiene obligación de rechazar toda ingerencia, toda presión y toda amenaza extrañas, porque ni la soberanía, ni la integridad territorial son negociables.

Los Reyes Católicos crearon un Estado moderno, fundamentado en las ideas de unidad y de libertad, es decir, del derecho a la diversidad. Para ello no dudaron en reducir a los que alzaban sobre los intereses nacionales sus egoísmos y sus pequeños intereses de campanario, derribando, cuando fue preciso, sus castillos.

Pero hicieron, además, posible el descubrimiento de América y con él la creación de un nuevo espacio político, cultural y económico. Los españoles supieron, durante su reinado, dar una articulación universalista a este espacio.

El descubrimiento precisaba una nueva definición del ámbito político, que ya no es la cristiandad medieval, sino mucho más vasto, más complejo, más rico y más auténticamente universal.

Entre estos dos polos, el Estado y la comunidad universal, la generación española del descubrimiento sabe dar figura al nuevo mundo. De 1450 a 1550 la historia de los hombres adquiere un componente ibérico. La Península Ibérica había tomado la iniciativa de la construcción de nuevos espacios.

Así vemos cómo un Francisco de Vitoria, que tan poderosamente contribuyó a definir la idea del Estado moderno, es el que, a la vez, crea el nuevo universalismo al integrar el sistema pluralista de Estados en una gran comunidad universal, cuyas relaciones son regidas por el derecho.

Si recordamos la vigencia que aún tenía el pensamiento clásico, fundado en una concepción jerárquica, maravilla la audacia de nuestros pensadores al proclamar la igualdad de los hombres y de las comunidades del viejo y del nuevo mundo.

La obra de España en ese nuevo mundo fue fecunda porque fue la conjunción de la acción de la sociedad y del Estado. Este supo promover las iniciativas de Cristóbal Colón, extender a los nuevos territorios el imperio de la ley y proteger incansable a sus nuevos vasallos de desmanes y atropellos.

Aquella vio en las Indias un reto a su energía creadora, venciendo la infinitud de los territorios con la infinitud de los ánimos, forjados en la Reconquista y trasplantando espontáneamente al nuevo mundo las instituciones del viejo.

La acción de los conquistadores fue la prolongación más allá del Atlántico del espíritu de la Edad Media, hecho de dinamismo exuberante y de fe inconmovible, como ha demostrado Sánchez Albornoz; la doctrina de nuestros pensadores, la labor de nuestros juristas y los desvelos de la Corona fueron una muestra resplandeciente de modernidad. Esa doctrina, esa labor y esos desvelos inspirados en los ideales de unidad, igualdad y libertad, justifican el quehacer histórico de una nación.

Fueron esos mismos ideales los que, como un hilo conductor irrompible, lo que demuestra la españolidad de sus temperamentos, inspiraron, siglos después, a los libertadores de las naciones hispanoamericanas, cuando los españoles de la metrópoli habían perdido la jugosidad de su espíritu creador y se empeñaban en mantener un sistema político superado y que no respondía ya a las necesidades de los tiempos ni a las esperanzas de los pueblos.

Está todavía fresco en mi memoria el recuerdo de mi último viaje a tierras americanas con motivo del homenaje a Simón Bolívar, en el segundo centenario de su nacimiento.

La obra de Simón Bolívar como la de nuestros Reyes Católicos, consistió en la realización de un doble imperativo histórico: la creación de un Estado moderno y la lucha por la unidad y la libertad.

La unidad no era sólo para Bolívar un medio táctico para conseguir la victoria, sino el fin de su acción libertadora.

Su sueño fue la preservación de la unidad de la América española, que era el mejor legado de España. La libertad no era sólo para Bolívar un gesto esperanzador, sino que su intuición le decía que era el fundamento de toda sociedad abierta para evitar el anquilosamiento y la degradación.

Leemos en Maquiavelo que el único medio seguro que tiene un príncipe de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla. El cinismo implacable del florentino nos muestra así que el ejercicio de la libertad es la única alternativa a la destrucción.

Tenemos que llevar a nuestros pueblos la convicción de que la libertad no es un grito de ilusión que, a veces, conviene ahogar en nombre de la eficacia, sino la condición necesaria de la supervivencia. Los regímenes sin libertad acaban fatalmente en el confinamiento y la parálisis, que ocultan tras la apariencia de una falsa unanimidad.

Los pueblos hermanos de América tienen que construir su unidad, porque sólo la unidad les permitirá alcanzar un nuevo orden económico internacional, que les lleve a la realización de sus justas aspiraciones y la conquista de una auténtica independencia.

Y ese logro de la unidad es posible porque, a pesar de la riquísima variedad de sus culturas nacionales, existe una última radical civilización común, expresada en un idioma común.

Ese idioma común, cuyo balbuceo se remonta a la alta Edad Media y cuya toma de conciencia, gallarda y juvenil, se llama «Gramática Castellana» de Antonio de Nebrija, publicada en ese increíble 1492.

Esa primera gramática de una lengua romance editada en Europa fue escrita, nos dice Menéndez Pidal, «con la esperanza cierta del nuevo mundo, aunque aún no se había navegado para descubrirlo». Del presentimiento de Nebrija nace, pues, nuestro sentimiento común.

«Lo principal de mi obra es España, que es el idioma», ha dicho García Márquez.

La lengua que hablamos es nuestro destino. Un idioma no es sólo una forma de hablar, sino, sobre todo, una forma de ser que determina irrevocablemente una cultura.

La riqueza y vitalidad de nuestra lengua ha conseguido en estos últimos años dar la expresión insuperable de nuestra alma en la novela hispanoamericana contemporánea. Pero la complejidad del mundo en que vivimos nos impone, para sobrevivir, el conocimiento de una ciencia rigurosa y la creación de una tecnología eficiente. Si con orgullo admiramos lo que nuestros escritores han sido capaces de hacer en el mundo de la literatura, con esperanza imaginamos la realidad de una ciencia y de una tecnología pensadas y expresadas en nuestra lengua.

No podemos seguir importando conocimientos porque al hacerlo no sólo pagamos un precio económico por ello, sino el precio mucho mayor de falsear nuestra autenticidad. Cuando queremos importar soluciones lo que hacemos es importar nuevos problemas porque nos vertemos en moldes extraños.

La gran empresa que tenemos ante nosotros, de aquí a 1992, cuando celebremos el V Centenario del comienzo de nuestro destino compartido, es el de afirmar una identidad.

Si sabemos hacerlo habremos formado una de las pocas comunidades humanas que pueden aspirar a ser protagonistas del futuro de la humanidad.

Sepamos aceptar el desafío.

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