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Palabras de Su Majesta el Rey a las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar

Madrid, 06.01.1984

Q

ueridos compañeros, un año más me reúno aquí con todos vosotros, para conmemorar esta tradicional fiesta de la Pascua Militar y expresaros mi felicitación más sincera.         Por razones bien ajenas a mi voluntad, en la ocasión anterior hube de privarme de esta honda satisfacción que experimento siempre al encontrarme entre las representaciones de quienes componen los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, y de las Fuerzas de Seguridad.

Y hoy me resarzo de aquella forzada ausencia, sintiéndome feliz en vuestra compañía.La formación que en mi juventud recibí en las academias militares; el sentimiento de compañerismo entonces iniciado y a través del tiempo robustecido; la identificación con las virtudes que caracterizan a cuantos han elegido una profesión que exige vocación auténtica, total entrega y sacrificios constantes; el agradecimiento por la disciplina y lealtad de que dais muestra; la responsabilidad del servicio a la patria que compartimos, son circunstancias que me funden con todos vosotros hasta el punto de que vuestra felicidad es también la mía.

Por eso al felicitaros me estoy felicitando a mí mismo, pues quiero que compartamos las alegrías, de la misma manera que en tantas ocasiones me siento muy cerca de vosotros en las penas, en el dolor y en las contrariedades.

Mi felicitación también al Presidente del Gobierno y a los Ministros de Defensa e Interior, aquí presentes, con los mejores deseos para el año que comienza.

En esta fecha quisiera hablaros, una vez más, con claridad y sencillez, porque ése es el lenguaje de la verdad.

Quisiera deciros cómo, a mi juicio, debemos reconocer ante todo la necesidad de nuestra unión y esforzarnos en conseguir que se conserve a través de los tiempos y de las vicisitudes que puedan producirse.

Unión indisoluble que ha de constituir nuestro inalterable objetivo, como tantas veces he tenido ocasión de afirmar.

Podría decirse que en la milicia repetimos mucho las palabras y aludimos a las mismas ideas, con reiteración y perseverancia. Y eso es digno de alabanza porque demuestra el interés casi obsesivo por mantener y fortalecer las clásicas virtudes castrenses.

Pero es necesario, también, cuidar de que las palabras no pasen a ocupar el primer plano y que, alterando el verdadero orden de valores, lleguen a alcanzar más importancia que su contenido. Debemos hacer frecuentes exámenes de conciencia para comprobar que nuestras expresiones no se quedan vacías, sino que siguen representando la verdad de nuestros sentimientos y el reflejo de éstos en nuestras conductas.

No, no es suficiente repetir las palabras y pronunciarlas con tonos altisonantes y solemnes. No basta con escribirlas una y otra vez para hacer con ellas protestas de lealtad o de sacrificio.

«Por las obras los conoceréis.»Y, en efecto, son las conductas y los hechos los que demuestran los verdaderos sentimientos y no tan sólo las expresiones muchas veces tan formularias y hueras como sonoras y espectaculares.

La unidad se acredita con la sincera identidad de criterios en lo esencial; con la coincidencia en los elevados fines que constituyen la misión de las Fuerzas Armadas; con la fusión del pensamiento de los militares en el deseo de servir a España por encima de todo, quehacer común de los españoles de ayer, de hoy y de mañana.

El compañerismo no sólo se proclama verbalmente, sino que ha de ponerse de manifiesto en las pruebas difíciles, en los momentos delicados, cuando el compañero necesita nuestra ayuda, nuestro aliento o nuestro sacrificio.

El honor constituye un patrimonio del que no hace falta blasonar. Basta con estar seguros de que si las circunstancias lo exigen lo demostraremos al mantener la verdad cueste lo que cueste, al entregar la vida si fuera preciso para responder con acciones a lo que afirmamos con palabras.

¡Cuántos compañeros, a través de los tiempos; cuántos militares gloriosos, han contribuido a tejer la historia de nuestra patria traduciendo en ejemplos los valores más íntimos y arraigados de su espíritu!

¡Y a cuántos tenemos que recordar con emoción en estos momentos porque han ofrendado sus vidas en el servicio de la patria!

Y esto hay que hacerlo con sencillez, como la cosa más natural del mundo, como si no tuviéramos testigos que nos escucharan; como si nadie hubiera de alabarnos ni agradecernos lo que es en definitiva el cumplimiento de un deber que en la milicia alcanza -eso sí- los más altos niveles.

La disciplina ha de sentirse interiormente, como obligación que está por encima de las imprescindibles manifestaciones externas, y en la que se basa la cohesión de cuantos integran las Fuerzas Armadas.

El patriotismo no sólo tiene su clave en el amor a la patria y en la entrega incondicional a su servicio, sino también en el reconocimiento de que la patria no es patrimonio exclusivo de cada uno, sino que hemos de compartir ese amor y esa entrega con todos los españoles.Y el patriotismo está también en saber admitir la voluntad de nuestros compatriotas legítima y libremente expresada, abandonando la tentación de que una minoría pueda imponer su propio concepto de lo que aquel servicio y aquel amor significan para el bien de la patria.Por eso os pido y me pido a mí mismo, autenticidad.

No acumulemos dudas ni rencores. No llenemos nuestro ánimo de preocupaciones o recelos que muchas veces tienen su origen en una información falsa, incompleta o deformada. Seamos también francos al cambiar impresiones de forma ordenada, al dar salida a nuestras inquietudes, para unirnos en la solución de los problemas que requieren el esfuerzo y la colaboración de todos los españoles.

Y pensemos también que la unidad no significa aislamiento, porque no debe ser incompatible con la plena integración de los ejércitos en la sociedad de la que proceden y a la que sirven.

Yo os sugiero que consideréis las dificultades con altura de miras y con juicio sereno, separando lo accidental y transitorio de lo que es substancial y permanente. Y no olvidemos que muchas controversias de hoy parecerán tan raras a las edades futuras, como las del pasado nos han parecido a nosotros.

La unidad de las Fuerzas Armadas, a la que os he exhortado, tiene también su apoyo en la permanencia, en la continuidad.

Aunque la savia nueva de las jóvenes promociones vaya renovando de forma continuada la experiencia de los veteranos, no se altera jamás el conjunto armónico, que vive siempre con la inspiración de las mismas virtudes y el concepto supremo del servicio a la nación.Un servicio que está perfectamente definido por el acatamiento a la Constitución a la que la institución militar, como todas las demás, está subordinada.

El conjunto del Estado debe progresar según la Constitución. La Constitución es el límite del legislador, pero al mismo tiempo es su impulso. Así es como la libertad será jurídica y no anárquica, pacífica y no turbulenta. Unicamente seremos libres obedeciendo la ley. Pero, de una parte, resulta que las leyes también son dinámicas, susceptibles de perfeccionamiento y, de otra, que sólo puede ser legalizado aquello que es constitucional, porque la Constitución es la que contiene los principios generales que avisan previamente al ciudadano de lo que puede hacer el legislador y de lo que no puede hacer. Así es como decimos que la libertad es el límite de la democracia y la democracia el límite de la libertad.

Y en esta combinación de limitaciones recíprocas, los ejércitos constituyen el brazo armado de la soberanía nacional pues, como dijo un escritor español, «no hay España sin libertad y no hay libertad sin ejército».

Porque son ociosas e inútiles las disquisiciones sobre la existencia de poderes distintos de los clásicamente establecidos. Lo que sucede es que el poder, el poder en general, se configura, se integra y se robustece, por una serie de factores, de instituciones y de órganos que le dan fuerza y efectividad.

Y en este sentido, como Rey, como Jefe del Estado, y al ostentar, como consecuencia de ello, el mando supremo de las Fuerzas Armadas que la Constitución me encomienda, me honro profundamente en compartir con vosotros y con la nación en su conjunto, una misión que atañe a garantizar la soberanía e independencia de España, a la defensa de su integridad territorial y del ordenamiento constitucional.

Con la misma claridad de que antes os hablaba, es necesario fijar esta misión de las Fuerzas Armadas; el concepto de su unidad y permanencia, que trasciende de las vicisitudes políticas transitorias y mudables; las normas de su completa integración en la sociedad, que no es obstáculo para el mantenimiento de sus características propias e inalterables; el fundamento de los valores morales en los que debe apoyarse el respeto a la voluntad popular; el acatamiento a la ley y al poder legítimamente constituido; la adaptación a las situaciones que son el resultado de la dinámica social...

Esta misma adaptación a los momentos históricos que nos corresponde vivir, exige en ocasiones una reorganización que en las Fuerzas Armadas viene a constituir una necesidad constante.

Tales reorganizaciones, como las que ahora están a punto de realizarse, suponen la superación de criterios que van quedando anticuados o que la experiencia ha demostrado que son susceptibles de mejora.

Y es preciso colaborar a estas reformas, sin dudas ni reservas, porque la modernización de los ejércitos no es más que una faceta de la que también en otras áreas requiere la nación.Yo confío en que las nuevas medidas que se están tomando; las modificaciones que se introducen en la organización hasta ahora en vigor; las disposiciones que en el futuro se promulguen y que el Ministro de Defensa nos ha anunciado, conduzcan en definitiva a la consecución de unas Fuerzas Armadas cada vez más eficaces, más adecuadas a los fines que les corresponde cumplir y más satisfechas de su propia utilidad en la defensa de la paz.¡Cómo no hablar de la paz en estos momentos!

La paz es la gran aspiración de los pueblos, su vínculo de estabilidad, el tesoro de difícil conquista a cuya búsqueda hemos de consagrar nuestras ilusiones. Estoy seguro de que pensáis en la paz cuando os preparáis para el servicio, cuando pensáis en la situación de España y en sus intereses.

Estemos preparados, en una labor sin fatiga, para responder a las exigencias de la paz. Porque sabemos todos de sobra que la paz no se defiende con la debilidad, el desprecio de los valores patrióticos y la dejación del esfuerzo por fortalecer las instituciones armadas.Nuestro sentido de la paz tiene que ser activo. Vivirla es luchar por ella. Porque la paz ha de ganarse y afianzarse por el diálogo, pero con el respaldo de la firmeza que da a las naciones su capacidad de defensa y el acierto en la gestión de sus intereses comunes.

Esa paz pedimos hoy a Dios la Reina y yo para todos vosotros, para vuestros hijos, para vuestras familias, para vuestros amigos y compañeros. Que ella ilumine el año que ahora comienza y que durante él tengáis toda la felicidad que os deseo.

España sabe que permanecéis en vela permanente. Y porque la sociedad os mira y siente, siglo a siglo, y recaba esa presencia en la que confía y se protege, renovemos la promesa de que el sentido de esa vinculación se haga cada vez más profundo, más claro y más sincero.España necesita vuestro mensaje permanente de hidalguía, de eficacia, de lealtad, de dedicación y de fortaleza. Reafirmo lo que en otras ocasiones he dicho con énfasis: el pueblo español está orgulloso de sus Fuerzas Armadas, de sus Fuerzas de Seguridad, y ellas, a su vez, se sienten ennoblecidas por estar al servicio de una nación cuya historia constituye una sucesión interminable de acontecimientos gloriosos.

En este espíritu de entrega, os pido que no desfallezcáis nunca.

Muchas gracias, señor Ministro, por vuestras palabras, muchas gracias a todos por vuestra presencia.

Y ahora gritad conmigo,

¡Viva España!

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