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Palabras de Su Majestad el Rey al ser investido Doctor "Honoris Causa" por la Universidad de Belgrano

Argentina(Buenos Aires), 16.04.1985

H

ace pocos meses se cumplía el XX Aniversario de la Fundación «Universidad de Belgrano». Con tal ocasión se celebró un acto conmemorativo presidido por el señor Presidente de la República, el Doctor Alfonsín.

El presidente de la República puso de manifiesto en su discurso cuan grande es la deuda del pueblo argentino con la obra realizada por esa Universidad, con qué espíritu de entrega científica y de independencia académica había trabajado su claustro de profesores y cómo había sabido preservar siempre la libertad y la objetividad.

Comprendan, por lo tanto, que al llegar ante ustedes para recibir la investidura de Doctor honoris causa, con la que me han querido hacer merced, yo tenga que expresarles mi emoción o, mejor dicho, mis emociones.

Mi primera emoción es, sin duda, el agradecimiento.

Ustedes me brindan la oportunidad de conocer ese espíritu universitario que, desde el comienzo de la creación de las primeras universidades en el viejo solar europeo y luego en territorio americano, siempre ha sabido estar al servicio de la verdad.

La verdad no es sólo una iluminación que nos muestra la realidad en sus dimensiones precisas, sino también una exigencia de disciplina interior que nos hace libres.

Es afirmar un hecho histórico el atribuir a la temprana fundación por España de universidades en suelo americano, el que los pueblos hispanoamericanos hayan sentido siempre que esa libertad, por cuyo perfeccionamiento todos hemos tenido y tenemos que luchar incansablemente, es la única fuente legitimadora de todo gobierno.

Siento también la emoción, al llegar a una universidad argentina, del recuerdo de la labor hermanada y fecunda de tanto universitario español que ha vivido y trabajado en vuestra patria.

Para no enumerar una lista interminable, aunque nuestro reconocimiento, ya que no nuestro tiempo, hubiera debido obligarnos a ello, personificaré a todos en un solo nombre: el de Claudio Sánchez Albornoz.

Su larga permanencia en Buenos Aires, el magisterio que supo crear, dando origen a una importantísima escuela de medievalistas, justifican esta referencia emocionada.

En cierta ocasión, no hace mucho tiempo y en esta misma ciudad, Sánchez Albornoz manifestó que le gustaría que a su muerte algún monaguillo tocase la campana desde lo alto de alguna iglesia de su Avila y rogase al hacerlo «por el alma de don Claudio Sánchez Albornoz, muerto en la Argentina, adorando a España».

Se equivocó don Claudio. El no sabía que aquel tañido lúgubre habría de resonar un día de estío abulense «por el alma de Sánchez Albornoz, muerto en España, adorando a la Argentina».

Permitidme pues, esta segunda emoción con la que os traigo ese amor que es el símbolo de los sentimientos de todos nosotros. Símbolo también del espíritu de colaboración entre universitarios argentinos y españoles.

Ese anhelo de trabajo en común se ha repetido una y otra vez a lo largo de los años y ha llevado últimamente, en octubre de 1983, a la firma de un acuerdo entre esta Universidad y el Instituto de Cooperación Iberoamericana. Acuerdo que abre la puerta a una estrecha cooperación cultural, científica y educativa. El intercambio de profesores, investigadores, estudiantes y graduados; el envío mutuo de publicaciones y la organización de cursos y seminarios serán el fruto de esa labor en común.

Una tercera emoción he sentido al pisar este recinto: la que produce siempre el pronunciar el nombre glorioso de Belgrano. Su rememoración nos impone una meditación.

Manuel Belgrano nace en Buenos Aires y pasa a España en 1786, para seguir la carrera de leyes en Salamanca.

En la península asimila el pensamiento de los ilustrados españoles y europeos en defensa de los ideales de libertad e igualdad.

Esto nos demuestra que la línea de separación esencial que producirá años después la emancipación de los pueblos americanos no enfrentará territorios, sino ideas; no correrá a lo largo del Atlántico, sino en lo profundo de patrias, ciudades, pueblos, familias e individuos a un lado y otro del océano.

¿Por qué el comienzo de lo que podríamos llamar el largo ciclo de nuestras guerras civiles?

El hecho de que España sea el primer país de Europa occidental que se constituye en Estado moderno y que, al mismo tiempo, realiza el descubrimiento y conquista de América no es una simple relación de coincidencia en el tiempo, sino de causa a efecto. No se trata, pues, de una simultaneidad, sino de una casualidad.

Permítanme estas tres afirmaciones:

1.ª Lo que caracteriza la Epoca Moderna y el fin de la Edad Media es la aparición del Estado.

2.ª El Estado es el monopolio de la soberanía, es decir, el ejercicio no compartido del poder supremo sobre amplios territorios. Son sus características, en consecuencia, la indivisibilidad, la extensión y la unidad.

3.ª España aplica por primera vez y de manera reflexiva estos principios en sus territorios americanos.

Podríamos decir, en síntesis, que la modernización en el siglo xvi se consigue a través del Estado; que el Estado moderno surge por primera vez en las Indias y que, por tanto, la modernización de España tuvo un nombre y una frontera: América.

La organización social, política y económica del medioevo se resume en el feudalismo. Y el feudalismo no es otra cosa que el fraccionamiento de la soberanía. Esta es compartida por una pirámide de cuerpos intermedios que sólo tienen una vinculación teórica con el vértice.

La Corona española crea por primera vez, en los recién descubiertos territorios de Indias, unas instituciones que responden al principio de soberanía indivisible. Los cuerpos intermedios que pugnan por alcanzar en territorio americano los atributos de la soberanía son metódicamente combatidos y sojuzgados y todos los estratos de poder van quedando conectados uniforme y directamente a la Corona, es decir, al Estado.

El hecho de la extensión del gran continente conquistado, favoreció, sin duda, esta organización centralizada.

Ahora bien, esas grandes extensiones bajo una soberanía tipifican la modernidad. Esta amplitud cada vez mayor de los territorios soberanos no implican que la mayoría de los españoles, al igual que el resto de los europeos, no afirmasen la pluralidad de Estados como articulación más deseable de la sociedad internacional. A su vez este pluralismo no era sentido como la negación de un universalismo, al que se concebía como una comunidad internacional solidaria, como una patria común.

Vemos así cómo los españoles del siglo xvi asentaron las bases de un Estado moderno sobre estos principios de indivisibilidad, extensión y unidad de la soberanía, junto con el espíritu de universalismo profesado por todos los europeos del Renacimiento, y vemos también cómo ello se debe al desarrollo institucional de los territorios indianos.

El estudio de ese magno edificio constituido por las Leyes de Indias nos muestra cómo ese desarrollo institucional obedeció a una reflexión consciente que trató de vertebrar una realidad nueva.

Se ha tratado de negar el valor de las Leyes de Indias aduciendo que fue un ordenamiento magistral, pero de normas incumplidas. Habría tenido la perfección inconmovible y solemne de un mausoleo.

Ciertamente no todas las Leyes de Indias tuvieron una aplicación generalizada en el tiempo y en el espacio, pero la tesis de su incumplimiento olvida el balance de los resultados y esos resultados nos dicen que cuando la modernización en Europa en el siglo XVI exigía una vertebración de la idea de Estado, fue gracias al conjunto de las instituciones indianas por lo que España se situó en la vanguardia europea.

¿Qué ocurre para que tres siglos después surjan los vientos de fronda que llevarán a la crisis de comienzos del siglo XIX? ¿Qué pasa para que Manuel Belgrano, buen patriota español en 1786, se convierta en 1810, en uno de los próceres de la Independencia?

Proceso tanto más desconcertante cuanto que el Gobierno español había buscado, a través de reformas racionales de la organización estatal en el siglo XVIII, una mayor eficacia administrativa y económica.

Octavio Paz nos dice de esas reformas, que sanearon la economía e hicieron más efectivo el despacho de los negocios, pero acentuaron el centralismo administrativo y convirtieron los territorios americanos en «Colonias».

Anteriormente, esos territorios no fueron colonias, sino reinos dueños de amplia autonomía.

A pesar del impulso a la investigación científica, la construcción de obras monumentales y del buen gobierno de varios virreyes, las colonias, como la metrópoli, eran ya en vida de Belgrano, sólo forma, cuerpo deshabitado.

Y a esta descripción de una situación histórica, Octavio Paz añade un lúcido diagnóstico: «La reforma de Carlos III muestra hasta qué punto la mera acción política es insuficiente, si no está precedida por una transformación de la estructura misma de la sociedad y por un examen de los supuestos que la fundan».

Creo, señores, que no hay duda posible. Gracias al desafío que constituyó el descubrimiento de América, España consiguió estar -empleamos los expresivos términos de Ortega y Gasset- a la altura de los tiempos. La altura de los tiempos exigía, en 1500, la vertebración del Estado, pero en 1800 imponía, además, la vertebración de la sociedad.

Si en las primeras décadas del siglo XVI era necesario afirmar, frente al fraccionamiento medieval, el monopolio de la soberanía por el Estado, a principios del siglo XIX era imprescindible asentar, frente al monopolio del Estado, la soberanía de la sociedad.

La Corona española que supo ser, gracias a América, el primer Estado moderno de Europa, no consiguió ¿no supo?, ¿no pudo?- establecer una sociedad moderna. Pero, desgraciadamente, el balance último y doloroso no nos ha afectado sólo a nosotros, españoles. Por desgracia ha afectado a todos los pueblos hermanos de Hispanoamérica. Ellos tampoco consiguieron -¿no supieron?, ¿no pudieron?- establecer una sociedad moderna.

Nuestras sociedades han sido, desde entonces, sociedades invertebradas.

Instituir en 1800 una sociedad soberana consistía en constituir una sociedad democrática y liberal. El instrumento para ello era el Estado-nación.

Una parte considerable de los españoles y, desde luego, los hispanoamericanos, lo comprendieron así. Nuestra Constitución de Cádiz de 1812 no tiene otro sentido; las guerras de emancipación americanas no tienen otra explicación.

Los pueblos de la América española impusieron sobre los restos de aquel imperio sus Estados nacionales. Fue la obra general de San Martín y de Bolívar.

Este logro hispanoamericano del Estado nacional, bajo el signo liberal y democrático, tiene un doble aspecto positivo: de un lado, es la consecución de la independencia de pueblos cuya personalidad nacional supone, con su pluralidad, un enriquecimiento sustancial del alma americana; de otro, significa que lo que podríamos llamar el mito fundacional de esas naciones, esto es, la legitimidad basada en la democracia y la libertad, sea sentida por los pueblos americanos como la única y auténtica legitimidad.

Podrán producirse con excesiva frecuencia interrupciones del proceso democrático y vivirse demasiados interregnos antidemocráticos, pero existe en vuestros pueblos una raíz inextirpable de fe en la libertad y en la democracia.

¿Por qué entonces las instituciones democráticas han tenido en nuestros pueblos un carácter de apariencia y fantasmagoría?

La contestación parece obligada: nuestros liberales del siglo XIX se empeñaron en adoptar, sin adaptar, unas instituciones pensadas para otras sociedades que ya habían procedido a reformar sus estructuras. Nuestros liberales del siglo XIX estuvieron entregados a la patética tarea de arar en el mar.

Cuanto mayor era la contradicción entre las instituciones importadas y la inercia de las sociedades, mayor era el juicio descalificador de nuestros liberales decimonónicos sobre el hombre hispánico. La conclusión a la que se llegaba era el afirmar la imposibilidad de nuestros pueblos para asumir los valores de la modernidad.

Se llegó a postular como remedio el que seamos diferentes, que seamos otros.

Se sintetizó la solución de los males en la fórmula «civilizarse es deshipanizarse».

El escudriñamiento de nuestra propia personalidad nos hizo sentirnos cultural, política e incluso biológicamente inferiores.Cuenta Antonio Pigafetta en el Primer viaje en torno al globo, que un nativo de la Patagonia, al contemplar su propia imagen por primera vez en un espejo, enloqueció.

Nosotros, como él, espantados por nuestra identidad, reflejada en un espejo prestado, hemos querido ser otros y hemos llegado a la enajenación.Alguos individuos o clases o zonas determinadas han intentado solverse en la insolidaridad y la huida. Sólo han conseguido convertir su historia en tragicomedia.

«La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos -escribe García Márquez- sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios».

Efectivamente, en 1810 empezaron para españoles e hispanoamericanos cien años de soledad y aislamiento. En otra ocasión he dicho que nunca nos hemos parecido más que cuando empezamos a vivir separados. Hemos vivido esa separación en la humillación cultural y la dependencia económica.

La dependencia económica sufrida ha significado algo cuantitativamente diferente al subdesarrollo. Teníamos la conciencia, no de que hubiésemos hecho esfuerzos insuficientes para alcanzar el desarrollo, sino de que los esfuerzos se hacían al servicio de una fuerza extraña al propio país. Estábamos convencidos de que nuestros países no habían organizado su economía para sí mismos, sino para otros.

Frente a esta situación cabe responder sólo con una afirmación. ¿Afirmación de qué? Afirmación de nosotros mismos, de nuestro destino histórico.

Es un tópico y el tópico es lo verdadero convertido en trivialidad- la afirmación de que el mundo surgido con la revolución industrial está en crisis, en trance de universal mutación.

Estamos ante el umbral de lo que se llama civilización post-industrial, tercera ola o postmodernidad. El destino de los pueblos se decidirá en las próximas décadas y estará en función de la respuesta que sepamos dar a ese desafío de la hora.

Dice vuestro Jorge Luis Borges que España era una tierra en que hay pocas cosas, pero donde cada una parece estar de un modo sustantivo y eterno.

Creo que la afirmación es extensible a todo el mundo hispánico.

No hemos sabido, efectivamente, vertebrar una sociedad industrial, una civilización de cosas, que inició su andadura en el mundo al tiempo del divorcio entre españoles y americanos, que se definía por ser productora de objetos, homogeneizadora del tiempo y del espacio y masificadora de pueblos e individuos por simple suma repetitiva.

No se trata de denostar, con venganza de resentidos, una civilización que no supimos articular. Se trata de dibujar un perfil de los tiempos que se avecinan, en los que todo parece indicar que lo sustantivo y cualitativo en el hombre vuelva a prevalecer sobre lo adjetivo y cuantitativo.

Aún somos incapaces de precisar con claridad -y de ahí nuestra angustia- esa línea del horizonte; pero sabemos que la ciencia y la tecnología tendrán una importancia decisiva en nuestras vidas. En nuestras vidas individuales y colectivas, en la organización de nuestro trabajo y de nuestro ocio, en la manera de comunicarnos y de entrar en contacto con nuestro prójimo, en la organización de nuestras instituciones y en nuestra relación con la naturaleza.

En esa colosal transformación de nuestro futuro, a ustedes, universitarios, les corresponde un protagonismo esencial y consiguientemente, una estremecedora responsabilidad.

Corresponderá a la universidad, naturalmente, la enseñanza directa o indirecta de esas técnicas que tejerán nuestra vida venidera. De manera indirecta porque además de formar a los profesores del mañana en sus técnicas respectivas -jurídicas, médicas, físicas, biológicas, etc.- tendrá a su cargo lo esencial de la investigación científica.

Está claro que la universidad sólo podrá cumplir esas tareas siendo una universidad abierta. Abierta a quienes buscan ser formados en esos saberes y más lo merezcan, independientemente de su origen.

La garantía de esa apertura no le corresponderá únicamente a la universidad, puesto que dependerá también de la organización de la sociedad y de las obligaciones que el Estado sepa asumir.

La universidad sólo puede ser vivaz y creadora, unida a la sociedad. Cuando no es así, cuando la universidad se encierra y se convierte en una torre de marfil, es que la sociedad está enferma y si la enfermedad persiste, es la propia universidad la que degenera y perece de esclerosis.La universidad estará también abierta a las otras universidades, nacionales y extranjeras.

La ciencia y la cultura son enormes sistemas circulatorios. Las universidades actúan como los grandes centros de recepción y emisión de la información, y no podemos olvidar que la gran revolución de nuestro tiempo es la pasmosa capacidad de información de que podemos disponer. Pero recibir información no es copiar dócilmente. Una nación, como un individuo, es un delicado complejo selectivo. Necesita estar recibiendo continuamente datos informativos, pero sólo debe procesar aquellos que le sean positivos.

La causa de esa gran apertura exterior estriba en la obligación que tiene la universidad de contribuir a la creación de una conciencia nacional. Pero la existencia de una fuerte conciencia nacional no quiere decir que se sucumba a la tentación nacionalista.

Las fechas en que españoles e hispanoamericanos fracasamos en nuestro intento de constituirnos en sociedades modernas, son las mismas en que los pueblos que entonces hacían la historia manifestaron un nacionalismo hiperestético, que culminó en las hecatombes de 1914 y 1939.

¿Es una simple coincidencia o se explica sobre todo por la imposibilidad para nuestros pueblos de expresarse en la exclusión egoísta y la autosuficiencia altanera?

Porque es una realidad innegable que cuando vivimos a la altura de los tiempos, bajo un Estado moderno, con sus sombras y sus insuficiencias, qué duda cabe, pero que pervivió trescientos años, fue bajo el signo del universalismo.

Los españoles que pensamos que tenemos que recobrar nuestro destino y creemos que se encuentra escrito en una clave universalista.

La Corona ha creído cumplir estrictamente con su deber ofreciendo en su último reencuentro con el pueblo español una apertura al mundo, pero que se inserte de nuevo y sin complejos en su circunstancia auténtica: Europa e Hispanoamérica.

Sin Europa nuestra historia no tiene explicación; sin Hispanoamérica nuestra alma no tiene dimensión.

Por eso no podemos concebir los dos términos como opciones excluyentes.

Pero si España no puede desoír su vocación universalista, ¿qué decir de Iberoamérica? Iberoamérica, Hispanoamérica, Latinoamérica, Indoamérica se fraguó en un crisol refulgente de razas y civilizaciones hasta llegar a ser el símbolo del hombre nuevo, hijo del nuevo mundo.

Iberoamérica tiene que asumir su pasado cultural occidental, llegado de España y Portugal, y su pasado cultural oriental llegado de las profundidades de su alma indígena.

Sin esa asunción integradora, la comunidad iberoamericana no alcanzará su entera dimensión. Se negaría a sí misma como aventura universal de un mestizaje fecundo y renunciaría, condenada a la soledad y a la mimesis estéril, a un futuro creador.

«Todo nuestro anhelo está -escribía José Martí- en poner alma a alma y mano a mano los pueblos de nuestra América».

Esa es señores, su tarea exaltante del mañana. Esta es la misión de la Universidad de Belgrano.

Muchas gracias.

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