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Palabras de Su Majestad el Rey a la Organización de Estados Americanos

EE.UU.(Washington), 09.10.1991

S

eñor Presidente, señores Embajadores, señor Secretario General, señores observadores, señoras y señores, es la tercera vez, en mi calidad de Rey de España, que visito esta Casa de las Américas, y la segunda en que me cabe la satisfacción de dirigirme a su Consejo Permanente.

La primera ocasión se produjo el 26 de junio de 1976, pocos meses después de acceder al Trono. Me pareció entonces que las circunstancias requerían que viniese ante esta privilegiada tribuna para reafirmar los múltiples e indelebles vínculos que la historia ha tejido entre este continente y España, hasta convertirnos en puntos de referencia ineludibles de nuestras respectivas identidades.

Hoy, quince años después, desearía hablar, sobre todo, del presente y del futuro, de la historia que a partir de ahora podemos escribir juntos.

Muchas y muy importantes cosas han ocurrido, en estos quince años en el mundo, en este continente, en España. Tantas, y de tanto calado y envergadura, que hoy aparecen ante nosotros realidades difícilmente imaginables entonces.

A escala global, estamos asistiendo, en los últimos meses, al cierre de una época marcada por una bipolaridad cuyas líneas de fractura repercutían sobre la virtual totalidad de la escena internacional.

Los años venideros serán cruciales. Lo están siendo ya y lo serán sin duda para América Latina. Los cambios en otras regiones se han correspondido con otros en este hemisferio, quizás menos divulgados, pero no de menor trascendencia.

Las naciones aquí representadas han preservado o recuperado sus sistemas democráticos, de manera que el pluralismo y la libertad marcan hoy la pauta en el continente.Están emprendiendo costosas reformas económicas, llevándolas adelante con determinación y también con sacrificios.

Han ensayado nuevas experiencias a nivel regional y subregional, augurando un futuro de integración para este hemisferio.

Junto a esa América que debe conjugar la libertad con el desarrollo y la justicia, está España, que en esta década y media ha tenido también que recorrer su itinerario de instauración y consolidación democrática, y empeñarse en profundas, y a menudo duras, mutaciones en el terreno de las estructuras económicas; que ha tenido que afrontar, y deberá seguir afrontando, los desafíos de una integración lógica en Europa.

Desde su ingreso en la Comunidad Europea, España ha contribuido a cambiar, en ciertos casos de manera decisiva, la actitud de los socios comunitarios hacia Iberoamérica. A lo largo de estos cinco años, se han creado instrumentos de cooperación comercial y financiera más adecuados a la nueva realidad del continente; se ha institucionalizado y ampliado el diálogo político entre ambas orillas del Atlántico y se han duplicado los fondos que la Comunidad Europea destina a Iberoamérica, aunque sigan siendo insuficientes.

Las relaciones bilaterales entre España y los distintos países iberoamericanos han llegado a un buen nivel de eficacia, de manera que ya no pasan por la vida del discurso retórico sino por su materialización a través de instrumentos y acciones concretas.

Buen ejemplo de ello es la serie de tratados generales de cooperación y amistad y programas globales de cooperación que España ha suscrito con un buen número de países desde México al cono sur.

Estos tratados, que representan en conjunto una importante movilización de recursos teniendo en cuenta las posibilidades de España, constituyen ante todo una prueba de la voluntad de cooperar. Tienen como vocación adicional y fundamental la creación de estímulos eficaces al entrelazamiento de las respectivas sociedades civiles.

La dimensión de los retos iberoamericanos excede con mucho, si no nuestra voluntad, sí nuestra capacidad. Queremos marcar una dirección que apunta hacia el interés estratégico común de Iberoamérica y Europa, regiones ambas tan enlazadas por la historia, por la cultura y por los valores compartidos.

La solución a esos retos sólo puede surgir de los propios pueblos, de su energía, de su vitalidad, de su pragmatismo. Los países iberoamericanos han de hacer oír su voz en el mundo, siendo sujetos activos de su propia historia. Que tales retos se resuelvan no es una cuestión accidental. En ello va el propio peso de España y su proyección como país en el mundo.

La comprensión de este nexo y su actualización en hechos es lo que da, quizás por primera vez en muchos años, sentido y coherencia a las relaciones entre España y América.Esa confianza recíproca es lo que nos ha permitido encuadrar, de manera productiva, ese V Centenario de nuestro encuentro, sobre cuya conmemoración creo preciso decir unas palabras.Tengo la convicción de que lo fundamental es la premisa compartida de que su razón de ser conmemorativa, la que confiere verdadera legitimidad, soslayando tanto los elogios exagerados como las descalificaciones, se funda en una conciencia histórica crítica que asume las lecciones del pasado y las trasciende, proyectándolas resueltamente hacia el futuro, como voluntad y compromiso de empeños comunes libremente aceptados.

A ello se ha referido, no hace mucho, el ilustre escritor Augusto Roa Bastos, en un ensayo sobre este tema, apasionado y nada indulgente, pero tan magistral en la expresión, tan luminoso en muchos puntos, que estoy seguro de que comprenderán por qué cedo a la tentación de citar algunos de ellos literalmente.

«La revisión crítica de las relaciones entre España y los países hispanoamericanos -escribe Roa Bastos- no es un revisionismo histórico-cultural postulado desde el ángulo de ideologías contrapuestas. La plural amalgama de razas, de culturas, de motivaciones e intereses legítimos, la necesidad de relaciones más estrechas y orgánicas, de un conocimiento mutuo más amplio y profundo, depurado de leyendas negras y leyendas blancas, constituye hoy la nebulosa de un mundo en gestación que busca plasmarse en medio de grandes, pero no insuperables, dificultades.

Lo que importa, desde el ángulo de lo posible, es justamente establecer y organizar una sociedad comunitaria sobre la base de nuestras identidades, afinidades y diferencias en una conjunción que no anule, sino que vitalice -en la interdependencia- la autonomía y la soberanía de cada país. Y esto sólo puede lograrse sobre las correlaciones entre los países latinoamericanos que tienden hacia la democratización, y la España democrática. Una España, en su unidad con Europa, en su europeísmo geográfico, pero también en su iberoamericanismo esencial».

Creo que las palabras del gran publicista paraguayo ilustran muy bien la filosofía, los propósitos y la actitud que han llevado a los mandatarios iberoamericanos, de uno y otro lado del Atlántico, a reunirse, en un encuentro sin precedentes en la ciudad mexicana de Guadalajara, el pasado julio. Y a prever similares convocatorias en España en 1992 y en Brasil en 1993, en una serie que se abre hacia el futuro.

¿Cuál es el objetivo que colectivamente perseguimos con este proceso de encuentros?El objetivo es alcanzar la mayor cohesión posible entre los pueblos y países iberoamericanos, en el respeto de los intereses y voluntades particulares. Y, sobre esta base, reforzar y dinamizar una proyección conjunta de nuestros países en los escenarios y foros internacionales.

Los principios compartidos que guíen este esfuerzo asociativo podrían ser:Primero, como marco inexcusable de referencia, la consolidación de la democracia y de la convivencia pacífica, de la libertad, del pluralismo y del respeto de los derechos humanos.En segundo lugar, el impulso al desarrollo económico y social como condición, y, al mismo tiempo, corolario de tal consolidación democrática.

En tercer lugar, el apoyo a los procesos de integración actualmente en curso en la región, como medio de reinserción activa en la economía mundial, porque, aún admitiendo que la economía mundial tiende a globalizarse, las reglas de juego de esa globalización siguen siendo negociadas y tal negociación se efectúa entre grandes bloques.

España no desea reemplazar otros desarrollos o procesos que busquen una mejor y mayor implantación de Iberoamérica en el mundo. Por el contrario, nuestro interés está en complementarlos. Y, por tanto en impulsar las posibilidades que la historia, la cultura y la geografía confieren a cada uno, de multiplicar fructíferas alianzas en sus espacios naturales de inserción.

Desde las penínsulas de Valdés y Labrador hasta su extremo más austral, pasando por el Caribe, este hemisferio constituye, precisamente, el espacio donde mi país puede y debe más fecundamente comprender la potenciación de esas alianzas naturales de América y apoyar las iniciativas económicas o políticas que contribuyan a un desarrollo más armónico y equilibrado.

Esto es hoy, por añadidura, más verdad que nunca, como ha demostrado la última Asamblea General celebrada en Santiago de Chile, donde hemos visto a una Organización de Estados Americanos enriquecida con la última incorporación de Canadá, en fructífera sintonía con esos grandes desafíos, profundamente comprometida con la búsqueda de sus soluciones y, por ello, en consonancia creciente con los exigentes ideales y objetivos que la Carta consigna.Quisiera evocar en este momento muy particularmente, la urgencia en la recuperación de las libertades en Haití, empeño que ocupa ahora los mejores esfuerzos de esta Organización y que todos deseamos ver coronado por el éxito.

Esa misma sintonía y compromisos que exhiben en sus respectivos campos y completando un sistema cada vez más eficaz y relevante, el Banco Interamericano de Desarrollo y la Organización Panamericana de la Salud, a cuyos presidentes transmito mi reconocimiento. Mención de reconocimiento que merece en grado no menor ese, a menudo injustamente olvidado, cuarto eslabón de la cadena interamericana que es el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola.

En todos estamos activamente interesados e involucrados los españoles.Con el Banco Interamericano de Desarrollo, del que España es miembro y al que, además de sus contribuciones regulares, ha aportado el Fondo V Centenario. Con la Organización Panamericana de la Salud manteniendo una permanente colaboración, que ha tenido su máximo exponente en el programa sanitario Contadora-Salud para la paz en Centroamérica y Panamá. Con el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola, cuya décima Cumbre de Ministros de Agricultura, que tuve el honor de inaugurar, se ha desarrollado también en Madrid el pasado septiembre. Y, por supuesto, con la propia Organización de Estados Americanos.

Desde hace más de veinte años, a través de una misión observadora ad hoc, España participa activamente en buena parte de sus programas en las grandes áreas que antes he mencionado y en otras actividades, como el Museo de Arte Contemporáneo de América Latina o el Festival de Cine Iberoamericano.

Nada nos gustaría más que seguir intensificando esta colaboración. Para ello, mi país está dispuesto a contribuir, en la medida de sus posibilidades, a todos los requerimientos que, en el futuro, puedan surgir del seno de esta casa.

Termino ya, señor Presidente. No puedo hacerlo, sin embargo, sin agradecer el interés mostrado por esta Organización -junto con el Banco Interamericano, la Organización Panamericana de la Salud y el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola- en participar en la Exposición Universal de Sevilla de 1992. Es ésta una de las manifestaciones concretas que, a mi juicio, mejor plasman, exponen y resumen lo que quiere ser el espíritu a que antes he aludido, que anime nuestras empresas conjuntas.

La Exposición de Sevilla pretende abrirse, en el tiempo, hacia el futuro, y en el espacio, hacia el mundo. Con uno y otro tienen una cita especialísima las instituciones del sistema interamericano y los países que las integran. Les esperamos con la mano extendida, el espíritu abierto y el sentimiento solidario del amigo, del hermano.

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