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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica en la Universidad de Berkeley

EE.UU(Berkeley), 02.10.1987

C

ualquier hombre de nuestra época se sentiría honrado al recibir el galardón de oro de la Universidad de Berkeley, aula de tantas sabidurías, ámbito de novedades científicas y descubrimientos técnicos y, lo que es más importante, poseedora de una vocación universal de progreso y modernidad que se extiende a la docencia entera de su profesores y de sus alumnos.

Como Rey de España, siento aún más profundamente este honor universitario que se me confiere, porque el pueblo que represento se halla íntimamente relacionado con esta tierra que constituye hoy día el primer Estado de la Unión por el número de sus habitantes.

Me complace sobremanera evocar aquí los nombres de Bancroft y de Hammond y de King, relevantes figuras en la reconstrucción de la historia de California y trazadores de nuevas rutas culturales para iluminar, con la verdad documental, las auténticas perspectivas de nuestro pasado común.

Llegamos por fin a California, la Reina y yo, después de un largo y sustancioso viaje en el que hemos recorrido una pequeña, pero conmovedora área, de vuestra inmensa nación. En este itinerario, en Nuevo México y en Texas, nos hemos encontrado con el más bello legado que unos descubridores pueden dejar a lo largo de los siglos en el suelo que ocuparon, es decir a los grupos étnicos que encontraron al llegar a estos territorios, conservando la lengua asumida por los pobladores primitivos y haciendo uso activo de ella en grandes sectores de la población actual de Nuevo México, de Texas y de Arizona.

California significa para los españoles un trozo esencial de la historia de España en América. Se ha calificado el descubrimiento de esta tierra maravillosa como la última etapa de la expansión española en el continente.  

Fue en efecto aquella epopeya tardía, pero conscientemente emprendida por su relevante importancia. En unos años decisivos del siglo xviii, la situación internacional hizo que los intereses de Rusia, de Gran Bretaña y de España coincidieran en apreciar la significación estratégica que esta costa tenía para el predominio naval de las naciones europeas en el mar Pacífico.

Mi antepasado el Rey Carlos III puso en marcha ese proceso político militar de ocupación de California a partir del Virreinato de la Nueva España. Fueron en pocos años remontando hacia la costa norte, desde los puertos mexicanos, las naves y los hombres que realizaron esta gran aventura. La toponimia de California se fue bautizando en gran parte con el santoral español y el propio nombre de California fue sacado de un libro de caballerías de nuestra tradición literaria, como si la entera iniciativa fuese un empeño «quijotesco» por su alcance inverosímil, pero muy en línea con el espíritu arriesgado de los pioneros españoles que aquí llegaron. Las ciudades se fueron fundando junto a la costa y en esa misma epopeya inicial llegaron los frailes de nuestra nación jalonando espiritualmente el histórico Camino Real.

La expansión proyectada por la política de Rusia, que podía haberse extendido por toda la geografía del oeste norteamericano, quedó limitada de esta forma en el estrecho de Bering y la Gran Bretaña asumió asimismo su presencia en el Vancouver canadiense. Cuando España se retiró de la América continental, después de 1823, quedaron abiertas estas inmensas y fecundas tierras al espíritu de los colonizadores norteamericanos, de los pioneros heroicos y audaces de vuestra historia y de vuestra leyenda en busca del oeste lejano y fabuloso.

Las profundas transformaciones y el gigantesco crecimiento de esta geografía de promisión han ido sucesivamente valorando en lo que tuvo de auténtico y de positivo el primitivo esfuerzo realizado por España durante tantos decenios.

Fueron pocos en número los marinos y soldados de nuestros ejércitos de antaño que quedaron aquí y poblaron las primitivas ciudades. También fue relativamente escasa la cifra de españoles que vinieron de México o de la península a colonizar las tierras vírgenes. Pero ese sector de la población que se llamó de los apellidos «californianos» va siendo estimado, cada día con más relieve, en la historia y en la estructura de la California actual.

Estamos asistiendo ahora, según reflejan las estadísticas, a un aumento notable de la minoría de habla española en el conjunto de la población de los Estados Unidos. Los puntos más destacados de esa importante presencia lingüística se hallan en Florida, en Nueva York, en algunos Estados del sur y aquí, en California. Ello se debe en gran parte a la inmigración procedente de las islas del Caribe, las naciones de Centroamérica y de México. De hecho, hoy representa un porcentaje significativo en el total de vuestra población.

No soy yo, ciertamente, el llamado a opinar sobre vuestras perspectivas del futuro en materia lingüística y cultural. Es un terreno éste de gran delicadeza. Y aún más en un país como el vuestro, en el que tantas lenguas y etnias diversas han venido a fecundar durante más de dos siglos vuestra vigorosa identidad norteamericana presente.

Solamente me permitiré añadir una breve y amistosa reflexión. A lo largo de la historia cultural moderna del occidente, nunca el inglés y el español se enfrentaron en luchas lingüísticas o rivalidades habladas o escritas. Cada uno de nuestros poderosos idiomas se dispersaron por las cinco partes del mundo, apoyados en su fuerte y respectivo dinamismo interno.

La lengua inglesa es un idioma sólido y flexible, capaz de integrar en su vocabulario riquísimo muchas palabras de otras lenguas. A la vez, el inglés demuestra cada día su prodigiosa capacidad para adaptarse a nuevas exigencias, lo que le ha convertido en un instrumento privilegiado de expresión del lenguaje científico y técnico. Todos admiramos esa cualidad modernizadora que distingue a la lengua inglesa y la hace presente en los medios masivos de comunicación que engloban al mundo.

La lengua española ha demostrado, a su vez, silenciosamente, su vieja fortaleza interna; su simplicidad fonética le ha dado precisamente una resistencia y una fijeza grandes que lo protegen de las deformaciones. Ello hace -según decía Unamuno- que sea muy difícil modificarla por muy mal que se pronuncie: «lengua de claro-oscuro» como la pintura de Velázquez, la llamó el Rector de Salamanca.

No es exagerado afirmar, a la vista de las estadísticas prospectivas de la demolingüística, que al comienzo del siglo XXI, las dos lenguas europeas más habladas en el mundo, serán el español y el inglés, en proporciones bastante similares.

Nada más ajeno a mi ánimo que comentar estas cifras con un sentido de pugna o de competición. La era de las guerras lingüísticas ha pasado al catálogo de las antigüedades culturales. Pero sí me parece prudente señalar que, en este nuevo mundo en el que hoy me encuentro, son el español y el inglés, juntamente con el portugués, las lenguas que deben convivir, en una perfecta simbiosis de esferas compatibles y armónicas.En la perspectiva del siglo XXI, esto será más fácil, al converger nuestros países en la vinculación a una serie de valores en cuya base está fundamentalmente la garantía de las libertades del hombre y el respeto de la ley.

En este sentido, el II Centenario de la Constitución de los Estados Unidos ha venido a recordar, una vez más, cuan larga ha sido la lucha de la humanidad por dotarse de leyes cada vez más justas, controlar a quienes ejercen el poder y participar en la acción de gobierno.

Quisiéramos, hoy y aquí, rendir homenaje al pueblo americano que fue capaz de darse a sí mismo un texto constitucional dos veces centenario y que ha servido de guía a numerosos países, entre ellos también a España, alumbrando las ideas de libertad que están en la base del gobierno representativo.

En efecto, tras casi cuarenta años de aislamiento internacional debido al carácter autoritario del sistema político entonces imperante, España se ha convertido, por voluntad soberana del pueblo y de sus representantes, en una monarquía parlamentaria de corte occidental, donde el pluralismo político, las libertades públicas y los derechos humanos están plenamente reconocidos y garantizados.

Del mismo modo, la rica diversidad de nacionalidades y regiones ha plasmado en un nuevo modelo de Estado descentralizado, más acorde con la realidad presente de España y con nuestro propio pasado histórico.

Nuestra condición europea -una y mil veces subrayada por la historia- y el compartir los valores, de democracia y participación, del mundo occidental, han hecho posible la incorporación de España a la Comunidad Europea y a la Alianza Atlántica.

Paralelamente a este doble anclaje, europeo y atlántico, España se ha abierto al mundo, ha universalizado sus relaciones y se ha embarcado, en el plano interno, en un amplio programa de reforma de sus estructuras económicas y sociales, consciente de la importancia de proceder, si se quiere competir con los demás países desarrollados, a la reestructuración de su aparato industrial y a la renovación tecnología en profundidad.

En el umbral del próximo siglo, España está firmemente decidida a hacer frente al gran reto de la modernización en todos los ámbitos, para lo cual se presta atención preferente a la mejora del sistema educativo y al ejemplo juvenil, en el convencimiento de que la preparación de los jóvenes es la mejor garantía para disipar el futuro incierto que hoy se cierne sobre ellos, y sobre nuestras sociedades.

Con este espíritu abordamos la celebración del V Centenario del descubrimiento de América que tendrá lugar en 1992, así como los Juegos Olímpicos de Barcelona en el mismo año. Dos citas que subrayan la vocación universalista de España y su capacidad para organizar y acoger acontecimientos de esa magnitud.

El descubrimiento de América -encuentro entre el viejo y el nuevo mundo- ha sido la gran obra de España en la historia. La gesta española en América, que se extendió a buena parte de lo que hoy son los Estados Unidos, ha encontrado, a veces, la incomprensión y la crítica más acerba, lo mismo que las alabanzas y el aprecio más caluroso. Con el tiempo han amainado las aguas de la polémica y el descubrimiento ha venido a presentarse como lo que realmente fue: un encuentro histórico de pueblos y de culturas. Esta es, precisamente, la dimensión que España quiere presentar al mundo de cara al 92: conmemoración hecha de diálogo, reflexión, reencuentro y participación de todos los que contribuyeron a construir, paso a paso, la realidad de la América Hispana.

Séame permitido formular este llamamiento en esta prestigiosa Universidad que ilumina como faro de sapiencia y de libertad investigadora los mares que España bautizó con el nombre venturoso de océano Pacífico.

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