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Palabras de Su Majestad el Rey a la diplomacia española al clausurar el curso de la Escuela Diplomática

Madrid, 04.06.1987

L

a feliz conclusión de un año académico en esta Escuela brinda una vez más a la Reina y a mí la oportunidad de presidir el acto de clausura, en el que se otorgan los despachos que inician la vida profesional de una promoción de nuevos diplomáticos españoles y los diplomas que atestiguan el aprovechamiento de los alumnos del Curso de Estudios Internacionales. A unos y a otros van mis parabienes y mis votos por el próximo futuro de sus actividades y de sus vidas.

Este momento me ofrece también la ocasión de confirmar y corroborar la utilidad de la acción desarrollada en estas aulas, acción de enseñanza y de fomento de aptitudes, pero también testimonio de convivencia internacional.

La diplomacia de nuestros días, llamada a salvaguardar la concordia en el mundo y a hallar cauces de comprensión en medio de rivalidades y de conflictos, está necesitada del impulso y de la confianza de quienes deseen un mundo más pacífico, más equilibrado, en el que todos los países respeten y sean respetados, en el que sea posible la vida armónica de la gran familia que formamos todos los humanos.

Ante una nueva promoción de la carrera diplomática española, ante los candidatos que desde tantos países amigos han venido aquí a compartir con sus colegas españoles unos meses de estudios y también ante todos aquellos que con ánimo de aprender o de enseñar han acudido a esta Escuela durante el curso que ahora concluye, yo quiero reiterar mi fe en la diplomacia, promotora del diálogo entre los pueblos, inventora de soluciones y creadora de amistades.

Y quiero animar a los diplomáticos españoles a perseverar en una vía, ciertamente no carente de esfuerzos, pero rica en recompensas espirituales, que conduce a procurar vínculos de entendimiento entre las naciones.

Tan sólo quienes tienen raíces muy hondas en su propia nación y cultura son capaces a la larga de entender a los ciudadanos de otros países. Esta aparente y necesaria paradoja, obliga a un aprendizaje y obliga también durante toda la vida profesional a compaginar imaginación y técnica, previsión del futuro y conciencia del pasado, idealismo y realismo.

En todos los campos de conocimiento de la compleja realidad de nuestros días y desde luego en el de las relaciones internacionales que aquí se estudian, me parece que es cada vez más necesario aprender; aprender con humildad y buena voluntad a buscar y a hallar fórmulas de conciliación en el mundo, caminos de consideración recíproca y de tolerancia; aprender a obtener en común los beneficios de la paz y repudiar en común las amenazas de la violencia. Una diplomacia que haya recibido estas lecciones y esté formada en este espíritu habrá de ser garantía del servicio al bienestar de la sociedad de los pueblos y a la preservación de la dignidad del hombre.

Por ello, como colofón a las tareas de otro año académico en este lugar de formación de diplomáticos y de cultivo de los estudios internacionales, quiero que mis palabras sirvan de reconocimiento a un trabajo bien hecho y de aliento para proseguirlo. Y me complace decir que el Rey de España ha compartido una vez más y seguirá compartiendo los afanes y aspiraciones de esta Escuela, a la vez que estima el esfuerzo que los acompaña y aprueba la idea que los anima.

Queda clausurado el año académico 1986-87 de la Escuela Diplomática.

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