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Palabras de Su Majestad el Rey con motivo del Día de la Hispanidad

Madrid, 12.10.1990

U

n año más acudimos a nuestra cita en esta Casa, que ha ganado ya el carácter de feliz tradición en nuestro quehacer anual. Sin embargo, no venimos a ella con el mero afán de la celebración, ni del ejercicio nostálgico de una costumbre que nos seduce y complace, porque nada estaría más lejos de la propia esencia del hecho histórico que hoy conmemoramos.

Para celebrarlo en toda su intensidad, hay que entender que nada siguió igual en el mundo del siglo XV, después de aquella jornada de octubre en la que Colón y sus hombres fueron protagonistas de un encuentro que cambió el rumbo de la humanidad.

El mundo tomó entonces conciencia cabal de sí mismo, se hizo redondo y comenzó una nueva era: la de los descubrimientos.

Los hallazgos sobrepasaron con creces los límites de lo estrictamente físico, porque descubrir es desvelar, arrojar luz sobre arcanos que dejan de serlo, erradicar límites, desterrar ignorancias y superar insatisfacciones.

Es precisamente este renovado ímpetu descubridor el que hace que el 12 de octubre de 1492 se levante el telón de la Edad Moderna.

Para el hombre moderno, que siente correr por sus venas el afán del descubrimiento, América significa la culminación de sus anhelos. América, sembrada ya de ubérrimas culturas ancestrales que habían logrado desarrollos espléndidos, supone todo lo nuevo, lo grande y lo generoso, porque rompe con todos los diques mentales, excluye la limitación intelectual y da vida a ese elemento básico de la creatividad moderna que es la capacidad de sorprender.

Este rasgo distintivo sabe llevarlo América a sus últimos límites, y en eso se distingue claramente de otras regiones del planeta. Porque, pese a sus problemas -que no son pocos ni fáciles-, siente, desde lo más profundo de su propia esencia, ese motor vital que da el convencimiento de saber que tiene futuro.

América sorprende porque consigue siempre encender esa chispa de esperanza, de fe en sus propias fuerzas, que aseguran su porvenir. En el horizonte ya vislumbrado por tantos de sus próceres, hay siempre un futuro pleno de esperanza, de solidaridad, de paz y bienestar.

Junto a esta capacidad de sorprender, sigue en América, tan viva y sólida como hace cinco siglos, su capacidad de comprometer a propios y extraños.

Lo pudimos comprobar, una vez más, la Reina y yo, a principios de este año cuando visitamos México. Allá, nos fue brindado mantener un emocionante encuentro, en el valle de Oaxaca, con una veintena de etnias indígenas que nos obsequiaron con presentes invaluables: la ejemplar sabiduría de sus raíces, el profundo rigor de su pensamiento y el bello acervo de sus tradiciones.

En la inmensidad de aquel valle, donde todavía deslumbra el esplendor de Mitla y Monte Albán, oímos la voz profunda de América, tan ronca como melodiosa, tan firme como poética; una voz que, instando al progreso con respeto, nos emplazaba a todos a ser capaces de mantenernos fieles a nosotros mismos, a la luz y al amparo del encuentro de hace quinientos años.

1992 debe ser el momento idóneo para que la comunidad iberoamericana tome conciencia de sí misma. Medio milenio es tiempo suficiente para que, asumiendo el pasado, afrontemos el presente con la vista puesta en un futuro común.

Por ello, he invitado oficialmente a todos los Jefes de Estado iberoamericanos, a reunirnos en España en julio de 1992, convocándoles a un encuentro con la finalidad de dejar constancia ante el mundo de nuestra voluntad de cooperar y avanzar conjuntamente en pos de una comunidad iberoamericana fraternal y solidaria.

En 1992, acudiremos los Jefes de Estado iberoamericanos al día de América en la Exposición Universal que convertirá a Sevilla en la capital simbólica del V Centenario a este lado del Atlántico; compartiremos en Barcelona el gran momento que para el deporte constituirá la inauguración de los Juegos Olímpicos; y participaremos en Madrid -que ostentará ese año el carácter de Capital europea de la Cultura- en una jornada de trabajo y reflexión conjunta sobre la mejor manera de reforzar nuestras relaciones y estrecharlas aún más en el futuro.

Porque estamos convencidos de la oportunidad que a todos se nos presenta, tengo la seguridad de que la respuesta que obtendremos a esta invitación con ocasión del V Centenario será tan generosa como el espíritu que nos mueve a formularla.

No quiero terminar, señoras y señores, sin referirme a una circunstancia especialmente alegre y satisfactoria para todos nosotros.

En el día de ayer ha sido concedido el Premio Nobel de Literatura a un egregio intelectual y creador mexicano y, por lo tanto, nuestro, a Octavio Paz.

Paz ha llevado a nuestro idioma a cotas de esplendor difícilmente alcanzables y me parece altamente simbólico y esperanzador que sea también poseedor del Premio Cervantes.

Desde aquí y ante ustedes, quiero transmitirle nuestra más emocionada enhorabuena.

Muchas gracias.

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