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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Portugal Mario Soares y al pueblo portugués

Lisboa, 15.05.1989

S

eñor Presidente, la tradicional hospitalidad portuguesa es bien conocida, y los extranjeros se sienten en Portugal en su propia casa. Por muchas razones que Vuestra Excelencia conoce, al visitar de nuevo Portugal siento que en cierto modo, vuelvo a mi casa. Portugal ha sido el país donde pasé mis años de infancia y adolescencia, cuya lengua aprendí a hablar de pequeño y donde hice algunos de mis mejores amigos. Portugal es para mí, sobre todo, el país que durante muchos años acogió a mis padres y les ofreció un hogar. A nadie le extrañará, por consiguiente que, cuando cruzo la frontera entre nuestros países lo haga, inevitablemente, con un especialísimo sentimiento de emoción y cariño.

Señor Presidente, hace ya once años que la Reina y yo hicimos nuestra última visita de Estado a Portugal, aunque hayamos venido desde entonces con relativa frecuencia a título particular. Once años no es una etapa larga en la vida de viejos pueblos como los nuestros pero, ciertamente, muchas cosas -y cosas importantes- han sucedido a los dos países en este tiempo, no sólo en lo que se refiere a la evolución política, social y económica de cada uno de ellos, sino también por cuanto respecta a la relación entre ambos.

Durante la visita que vuestra excelencia hizo a España hace poco más de un año, en la que sin duda pudo apreciar los calurosos sentimientos de amistad y de simpatía de los españoles, tuvimos ocasión de comprobar el excelente estado de nuestras relaciones y el progreso que habían registrado en los últimos tiempos.

Hoy podemos confirmar la muy satisfactoria valoración que hicimos en Madrid y felicitarnos por ello. Tanto más, cuanto que desde entonces, nuestras relaciones no han dejado de afirmarse y profundizar en todos los órdenes. Hoy podemos decir, sin exageración, que entre España y Portugal no hay problemas que merezcan el nombre de tales. Ello es tanto más de destacar cuanto que el complejo entramado de vínculos con que la geografía y la historia nos han unido, se presta naturalmente a las pequeñas querellas características de los países que comparten una frontera.

Un hecho de relevancia singular, el ingreso de ambos países en la Comunidad Europea, ha impulsado notablemente el conjunto de nuestras relaciones. El quehacer cotidiano de Bruselas exige un grado muy intenso de actuaciones de orden político y diplomático entre las capitales de los Estados miembros.

Transcurridos casi cuatro años desde la firma de los Tratados de Adhesión, cabe decir que la tarea común de encontrar en la Europa de los Doce el lugar que nos corresponde, está aproximando a nuestros dos países y nos está permitiendo un conocimiento recíproco, que rara vez ha existido en el pasado.

Nuestros dos pueblos se están abriendo el uno al otro y las fronteras están dejando de ser un factor de separación y aislamiento que durante tantas épocas de nuestra historia ha generado entre nosotros, por desgracia, desconocimiento e incomprensión.

La experiencia de estos últimos años nos muestra que nuestros intereses en Bruselas son a menudo convergentes, y que, por lo tanto, la cooperación entre los respectivos gobiernos y administraciones suele resultar ventajoso para ambos.

Nuestros dos países se encuentran situados en la periferia geográfica de Europa y por ello obligados a aprovechar las oportunidades que ambos tenemos «cerca de casa», si se me permite la expresión. Tenemos, pues, necesidad el uno del otro. España desea un Portugal próspero y fuerte, de la misma manera que a Portugal debe convenirle la existencia de una España vecina, dinámica y desarrollada económicamente.Por incoherencias de nuestra historia pasada, las regiones españolas y portuguesas situadas a ambos lados de la frontera se han contado durante mucho tiempo entre las más atrasadas de Europa.

El responder a las aspiraciones seculares de las regiones fronterizas, es quizás el desafío mayor a que deben hace frente ambos países en esta nueva etapa: aspiraciones legítimas a una vida mejor, a una participación mayor en la riqueza nacional, y de manera inmediata a mejores y más rápidas comunicaciones.

Tal vez la palabra «comunicaciones» sea la que mejor recoge los anhelos de las poblaciones rayanas por no decir de los dos países en su conjunto: carreteras mejores y más seguras, ferrocarriles más rápidos, nuevos puentes que faciliten el tránsito sobre nuestros ríos limítrofes. Necesitamos vías de interpenetración mutua, pero también vías que nos aproximen al resto de Europa, vías que nos ayuden a vencer la geografía haciéndonos menos periféricos.

Un mundo de acciones conjuntas se abre así a amplias zonas de nuestra península que se encuentran entre las menos afortunadas precisamente por su condición de fronterizas: acciones de desarrollo integral financiadas por los dos gobiernos y por la Europa comunitaria y que abarcan desde la agricultura, la industria, la energía o las obras públicas hasta la utilización adecuada de los ríos, el respeto del medio ambiente y las bellezas naturales en las que esas regiones son especialmente ricas.

Hay un aspecto de nuestras relaciones en que ambos países deberíamos ser capaces de hacer algo más. Me refiero al de la educación y cultura. Españoles y portugueses conocemos mal nuestras lenguas respectivas, aunque es justo reconocer que es mucho más conocido el español en Portugal que viceversa. Conocemos también insuficientemente nuestras literaturas y aprendemos de niños incompleta y parcialmente la historia de nuestros pueblos. Este es un aspecto relevante al que deberíamos prestar la mayor atención si queremos evitar volver a caer en las viejas indiferencias y prejuicios del pasado.

Estamos dando un paso en la buena dirección al celebrar este fin de siglo las gestas que portugueses primero y españoles después llevamos a cabo hace cinco siglos. El buen entendimiento entre las comisiones conmemorativas y su decisión de asociarse en la celebración conjunta de algunos actos es un signo adecuado de que la gloria de unos no debe rememorarse para hacer palidecer la de otros.

Señor Presidente, en este espíritu de participación en común, con la alegría del reencuentro y en la esperanza de una relación cada vez más estrecha y fecunda, quiero agradeceros de todo corazón, en nombre de la Reina y en el mío propio, vuestro afecto y vuestra hospitalidad e invitar a todos los presentes a brindar por la ventura personal de Vuestra Excelencia y de la señora de Soares y por la grandeza del pueblo de Portugal.

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