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Palabras de Su Majestad el Rey al Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas

Luxemburgo, 09.03.1989

S

eñor Presidente, señores miembros del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas, señoras y señores, quisiera, en primer lugar, expresar la especial satisfacción que para mí supone esta visita al Tribunal de Justicia de las Comunidades.

Han pasado ya algunos años desde que, en 1952, comenzó su andadura el Tribunal de Justicia de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y desde que, en 1959, se convirtió en Tribunal único para las tres Comunidades. Este período de tiempo, que es sumamente corto si lo comparamos con la existencia secular de algunas instituciones judiciales de los Estados miembros de la Comunidad, ha sido, sin embargo, suficiente para que el Tribunal de Justicia haya realizado una obra que políticos y jurisconsultos son unánimes en calificar de extraordinaria.

Podemos afirmar hoy que el Tribunal de Justicia ha logrado cumplir plenamente esa misión, que le asignan los Tratados: «asegurar el respeto al derecho en la interpretación y la aplicación de los Tratados».En el desarrollo de esa labor, el Tribunal de Justicia se ha constituido en una piedra angular de la construcción de la Comunidad Europea, en cuanto que ésta es, ante todo y sobre todo, una Comunidad de derecho.

En el seno del Tribunal de Justicia han trabajado juristas provenientes de sistemas jurídicos muy diferentes, con planteamientos diversos. Ello no ha sido obstáculo para el desempeño de su labor; por el contrario, ha servido de enriquecimiento mutuo, de cauce en el que se han fundido concepciones jurídicas distintas, y ha permitido que la jurisprudencia del Tribunal se nutra de los principios de los diferentes sistemas jurídicos que imperan en los Estados miembros.

Además, la jurisprudencia del Tribunal de Justicia ha tenido el acierto de elaborar los grandes principios que constituyen el núcleo esencial de «acervo comunitario», configurando así un ordenamiento jurídico propio.

Que el Tribunal de Justicia ha tenido éxito en su labor se pone de manifiesto por el hecho de que todos los Estados miembros admiten ya, sin vacilaciones, la vigencia de los principios básicos del derecho comunitario, acuñados por la jurisprudencia del Tribunal de Justicia, y, sobre todo, por el espectacular incremento de trabajo que ha tenido.

Ese incremento se ha concretado, de manera singular, en el aumento de cuestiones prejudiciales, planteadas por los órganos jurisdiccionales nacionales, a través de ese procedimiento innovador que es el recurso prejudicial. Este recurso constituye un fecundo engranaje de colaboración con los jueces nacionales, que así actúan también como jueces comunitarios, haciendo surgir una auténtica Europa judicial.

Señor Presidente, toda esta fértil labor del Tribunal de Justicia ha contribuido de manera esencial a que la Comunidad Europea sea una Comunidad de derecho; Comunidad que, en términos de vuestra propia jurisprudencia, es «un nuevo orden jurídico de derecho internacional, en beneficio del cual los Estados han limitado, aunque en ámbitos restringidos, sus derechos soberanos y en el cual los sujetos no son únicamente los Estados miembros, sino también sus ciudadanos».

La Comunidad Europea es una Comunidad de derecho porque se asienta y se somete al principio de legalidad; porque, a pesar de las diferencias que caracterizan los sistemas jurídicos de los Estados miembros, en todos ellos se comparten los mismos valores de justicia, libertad y solidaridad y se reconoce al derecho como un instrumento para el logro del bien común.

La evolución de la Comunidad Europea deberá conducir a la realización de la Unión Europea. En una Europa cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos, que ha sido cuna de culturas y civilizaciones y que tiene la obligación moral de ser faro que guíe a otros pueblos por el camino de la libertad, de la democracia y de la consideración de la persona como base de la sociedad.

Una Europa unida y solidaria, basada en el pluralismo político, la democracia y el respeto de los derechos humanos, puede y debe contribuir al establecimiento de la paz a escala mundial. Europa debe desempeñar un papel de equilibrio, ofreciendo una alternativa a aquellos países que aspiran a mantener unas relaciones económicas y culturales enriquecedoras y equilibradas con nosotros.

Esa labor de búsqueda de la paz ha de ir acompañada de una promoción del desarrollo de los países del Tercer Mundo. Europa deberá ser generosa en su ayuda y colaboración con los países en vías de desarrollo. Una política egoísta iría en contra de los valores morales que sustentan nuestra civilización, y defraudaría a tantos pueblos para los que Europa es una esperanza.

Europa ha de ser un factor de civilización. Una Europa unida ha de poner al servicio de la sociedad, de los demás pueblos, los valores morales que la han caracterizado y distinguido en el transcurso de los siglos; los valores que han permitido el nacimiento de una sociedad más justa, más libre, más solidaria.

Esta es la idea de Europa que España sustenta. Nuestro país se ha integrado en la Comunidad Europea con ilusión y con esperanza. Con la ilusión propia de nación rejuvenecida, que ve en su incorporación a la Comunidad Europea la culminación de una esperanza, el reconocimiento de un profundo deseo, la vuelta al lugar común, de donde nunca estuvo ausente su espíritu.

España está dispuesta a ser generosa en su aportación a la Comunidad Europea y tiene el firme propósito de dedicar sus mejores energías a la realización de una Europa unida.

Señor Presidente, esta Europa que acabo de describir, que empieza a dejar de ser una utopía y que ya se vislumbra en el horizonte, sería un gigante con pies de barro si no estuviera sólidamente asentada sobre la justicia y la libertad. Y en ese empeño, la labor del Tribunal de Justicia es y será insustituible.

Yo les animo a que sigan trabajando esforzadamente en esa dirección, y a que la independencia, la prudencia, el rigor jurídico y la visión de futuro sigan siendo la base de su labor.

Muchas gracias.

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