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Palabras de Su Majestad el Rey a las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar

Madrid, 06.01.1989

Q

ueridos compañeros, me produce una gran satisfacción continuar cada año esta costumbre de reunirme con la representación de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil, para expresaros mi felicitación más cordial con motivo de la Pascua Militar.         Parece que las fechas de la navidad, de la despedida de un año y el comienzo de otro, que acabamos de celebrar, así como la que hoy nos convoca, nos induce a sentirnos más unidos y a conmemorar juntos nuestras tradiciones, al tiempo que reflexionamos sobre los acontecimientos del período anterior y dirigimos nuestras esperanzas hacia el horizonte que deseamos para el próximo.

Todos los años ocurren muchas cosas, sobre todo en un mundo tan dinámico como el que estamos viviendo. Tras romper el aislamiento del pasado y contraer compromisos con otros pueblos, nuestra asunción de responsabilidades en el ámbito internacional es mayor y nuestra relación con los demás más amplia y obligada.

Nunca pensamos que no éramos europeos, pero ahora somos más europeos que lo fuimos nunca, sin perjuicio de esa llamada emocional que recibimos siempre desde América y a la que respondemos cordialmente, porque allí aparecen también raíces, linajes y comportamientos nuestros. Por eso, estamos obligados a ser un buen modelo de país, con nuestras obras y con todo aquello que pueda estimarse como ejemplo.

Construimos la democracia muy bien, a juicio del mundo, pacíficamente, y este año hemos celebrado el X Aniversario de nuestra Constitución, que ya tiene solera y prestigio, cuando nunca antiguas constituciones habían asegurado la concordia.

Es verdad, además, que nuestro pueblo ha evolucionado hacia formas de convivencia, excluyendo los radicalismos antiguos y estableciendo modernas libertades para que, aun pensando de modo diferente en muchas cosas, no volemos los puentes del entendimiento.

España tiene, como todas las naciones de nuestro mundo democrático, problemas que todavía no se han resuelto, o cuestiones que surgen de la propia creatividad de nuestro país. Pero es bastante mejor un pueblo que tiene problemas, porque es activo, que un pueblo sumido en el quietismo, porque carezca de estímulos o de ilusiones.

Hace muy pocos días, he tenido ocasión de dirigirme a los españoles en el Congreso, con motivo de conmemorarse el aniversario de la Constitución a que acabo de hacer referencia, y a través de la televisión, en la nochebuena, para llevar a los hogares de nuestro país, mi felicitación y la de mi Familia. La proximidad de mis últimos mensajes me excusa de incidir en sus contenidos y por ello me limito a dejar constancia de su recuerdo, porque responden a una manera de pensar que se ha reflejado, sin duda, a través de todas mis manifestaciones y se resume en dos palabras: concordia y unidad.

No puede pretenderse -ya lo sé- que la unidad deseada y la necesaria concordia sean fruto de una absoluta coincidencia de pensamientos, de voluntades y de acciones. Precisamente la democracia se caracteriza por el derecho a ejercer la propia libertad.

Libertad para exponer nuestras ideas y para tratar de llevarlas a la práctica por procedimientos legales.De ahí la necesidad de las conversaciones, de las negociaciones y del diálogo que permitan encontrar soluciones, sin duda no coincidentes en su totalidad, pero que con mutuas cesiones y renuncias nos conduzcan al pacto y al acuerdo o nos acerquen a una posición unánime desde el punto de vista nacional.

Pensemos en que comenzamos el nuevo año de 1989, con un importante papel en Europa, con significación en el mundo y con una obligación de aliviar cualquier tensión interna para sacar el mejor partido a cuantas oportunidades tenemos delante. Mi consejo supone una invitación a la razón, y la mejor de todas las razones que pueden exhibirse es aquella que admite las razones de los demás y nace del entendimiento, aunque suponga el sacrificio del amor propio.

Un pueblo es una comunidad de ideales, de intereses, de ambiciones, de opiniones.

El gran protagonista de la democracia es el pueblo y el éxito del sistema aparece en sus niveles pacíficos de convivencia. Los gobernantes y todos los representantes del pueblo se enfrentan con los problemas que no pueden por menos de surgir.

Pero mi deseo es que tengamos buen sentido para abordarlos y resolverlos en el ámbito de nuestras leyes.En alguna ocasión anterior he reflejado que la fuerza que no obedece a la ley es la auténtica engendradora del desorden; la que convierte a la sociedad en algo potencialmente explosivo.

Estoy seguro de que vosotros conocéis y compartís esta verdad, y que por eso obráis siempre con disciplina y con lealtad. Estoy seguro también de que, como es natural, podéis alguno no coincidir, en ocasiones, con determinadas medidas, con actitudes que os gustaría censurar o comentar, con actuaciones de personas o grupos de nuestra sociedad.

Pero vuestro comportamiento no se altera, vuestra lealtad permanece y vuestra disciplina inspira una conducta ejemplar.

Yo os agradezco un año más vuestra serenidad, vuestra prudencia, vuestra discreción y vuestra honestidad. Habéis permanecido entregados a vuestros estudios, a vuestro perfeccionamiento, a vuestro servicio, en silencio, sin reflejar las preocupaciones internas que nadie deja de tener, ganando a pulso día a día el respeto y la consideración del pueblo, y sin expresar más aspiraciones que la honrada ambición de los militares para que su voluntad adelante cuanto sea posible en su entrega a la defensa de la patria.Así es preciso proceder.

No se puede perder el tiempo porque lo necesitamos para avanzar unidos en nuestra integración en Europa y en el mundo. Pero no olvidemos tampoco que, si esta integración es importante, tal vez es prioritaria la de que internamente empecemos por arreglarnos nosotros mismos, y coloquemos a nuestro país en una situación de equilibrio y sosiego, como si la paz familiar que en estos días hemos disfrutado se proyectara fuera de cada uno de nosotros y alcanzara a la nación entera.

Si el Rey está obligado, como dice la Constitución, a ser el símbolo de la unidad y permanencia del Estado, hoy desde aquí por encima de toda controversia, os digo que estamos en los momentos más importantes de este siglo para lograr el destino común de todos nuestros pueblos.

Nunca habíamos tenido delante un desafío mayor ni unas esperanzas más fundadas. Cuando salgo fuera de España observo la gran expectación que suscitamos. Y no sería deseable defraudar una impresión tan firme y tan satisfactoria.

Esta patria común, que es España, aparece constituida por varios pueblos, con sus originalidades en intereses, en costumbres y hasta en culturas. Pero a todos nos unió el protagonismo en Europa y en América, y alrededor de esos tres mares principales que son el Atlántico, el Mediterráneo y el Pacífico. Estos antecedentes y nuestro concierto actual con otros pueblos, nos obliga a hacer bien las cosas, aquí dentro.

Compartimos ahora mismo el proceso de desarme encabezado por las dos grandes potencias universales, y nos sumamos a la paz. Celebramos el progreso de la democracia, o de la participación popular, como sistema civilizado de gobierno. Aspiramos a que se logre reparar la pobreza, elevar los niveles de vida, proteger a los débiles, proporcionar seguridad a todos y fabricar una casa común en la que podamos vivir felizmente, como una gran familia.

En esta aspiración de familiar armonía, es de resaltar cómo en fechas muy recientes se han producido decisiones de gracia que con benevolencia y deseos de olvidar penosos acontecimientos pasados, han contribuido a poner término a situaciones tristes de algunos compañeros que un día cayeron en el error, pero supieron después rectificar y expresar sus propósitos de respetar la democracia y el orden constitucional.

Si saber castigar con oportunidad, justicia y rigor es una virtud digna de encomio, también lo es -y a veces más difícil- aplicar criterios de perdón y de indulgencia que en definitiva vienen a constituir una muestra de fortaleza y de seguridad.

Así, por encima de episodios serenamente superados y que la generosidad y el espíritu de justicia invitan a cerrar para siempre, pueblo y Fuerzas Armadas viven un proceso de integración paulatina y constante.Alguien dijo que la profesión militar es la más admirada o rechazada, según las circunstancias. Por eso es necesario que se conozca y se divulgue la verdad de los ejércitos y que a través de la juventud que pasa por sus filas, aquella integración se intensifique y perfeccione para que la admiración sea permanente y se considere el servir a la Patria como un derecho que honra a quien lo ejerce.

Dentro de ese ambiente de servicio y entrega, el Príncipe de Asturias, que ha concluido en el pasado año su formación militar, tiene ya una base sólida para sus sucesivos estudios y ha aprendido las lecciones del compañerismo, de la disciplina y del honor.

Os agradezco, como padre, como jefe supremo de las Fuerzas Armadas, y como Rey, el ejemplo que le habéis brindado a su paso por las academias militares. El lleva ya grabadas en su mente y en su corazón las enseñanzas que, completadas por las universitarias que ahora recibe, han de garantizar sus aciertos en la tarea que le espera y que quiera Dios haya de desarrollarse en un clima de auténtica paz.

Una paz que ahora ni siquiera en las fechas entrañables de la navidad, propicias al amor entre los hombres de buena voluntad, han respetado quienes pretenden inútilmente perturbar nuestro sistema de democracia y de libertad.

Porque tampoco en el año que acaba de terminar el terrorismo ha concedido tregua en sus acciones criminales. Rindamos hoy aquí, unidos en nuestra indignación y en nuestra firmeza, el homenaje de nuestro recuerdo emocionado a cuantos perdieron su vida como víctimas de esta locura, desesperada y sangrienta.

De acuerdo con los propósitos de reflexión sobre el pasado y de previsiones en cuanto al futuro que, según al principio os decía, inspiran estas fechas, el señor Ministro de Defensa acaba de hacernos una puntual exposición, tanto sobre la política de seguridad y defensa que el departamento ha venido desarrollando, como de sus propósitos para el porvenir.

Agradezco la clara descripción que nos ha hecho y es muy satisfactorio comprobar cómo nuestro país y sus Fuerzas Armadas se han ido integrando perfectamente en las organizaciones, alianzas y convenios que sobre el concepto de la defensa de la libertad y la salvaguarda de los derechos inherentes a la dignidad del hombre, agrupan a las naciones de nuestro mundo.

Nos anuncia también el señor Ministro el próximo debate y la promulgación de una ley que vendrá a constituir la base jurídica sobre la que descansará el ejercicio de la profesión militar.

Yo deseo fervientemente que el acierto presida la elaboración y puesta en vigor de esta importante disposición, para que se refunda un ordenamiento actualmente disperso y pueda conocerse puntualmente todo lo que se refiere a la función, cometidos, situaciones y expectativas de carrera de cuantos forman parte de las Fuerzas Armadas.

Espero que las buenas impresiones que el señor Ministro nos ha trasladado en cuanto a retribuciones y posible sistema para compensar la movilidad de los miembros de los ejércitos, se confirme plenamente en el año actual, en beneficio de cuantos, en estrecha unión con el pueblo, tenéis a vuestro cargo la defensa de los altos intereses que la Constitución os atribuye.

Gracias al señor Ministro y a todos vosotros por la reiteración de su lealtad y la de las Fuerzas Armadas a la Corona y, tanto en nombre de mi familia como en el mío propio, os deseo muchas felicidades en esta Pascua Militar, y que Dios os conceda las mayores venturas en el año que comienza.

Y ahora, os pido que gritéis conmigo.

¡Viva España!

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