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Palabras de Su Majestad el Rey a la Fundación Pro Real Academia Española en el acto de su constitución

Madrid, 20.10.1993

E

l patrocinio de las Academias que la Constitución me confía, es para mí una de las funciones más satisfactorias de cuantas son inherentes a la Corona. Creadas por mis antepasados, tales instituciones han acogido y acogen entre sus miembros a españoles meritísimos, y desempeñan misiones muy importantes en el ámbito de la cultura.

He deseado, por tanto, acudir junto con la Reina, a la demanda que la decana de todas ellas, la Real Academia Española, y la Asociación de sus Amigos me hicieron.

Apoyé la idea de una Fundación desde que me fue comunicada, aceptando después la Presidencia de Honor de su Patronato, y decidiendo, por fin, constituirme como miembro fundador del nuevo organismo, para ofrecer público testimonio de cómo considero de interés nacional muy considerable, los fines que se han propuesto.

Deseaba también alentar a la Academia en sus trabajos tal como está afrontándolos, para cumplir las misiones que le encomiendan los nuevos estatutos acordados por el Gobierno y sancionados por mí en fecha bien reciente.

Quería, de modo especial, que mi firma figurase en el acta constitutiva, expresando así, no sólo mi coincidencia de sentimientos, sino Mi gratitud a cuantas instituciones, empresas y personas particulares la han firmado también, sintiéndose identificadas con los fines de la Fundación.

Quiero nombrar, de modo particular, a las Comunidades Autónomas cuyos presidentes y representantes nos acompañan, los cuales, con su presencia y con su ayuda, ofrecen una prueba de sensibilidad nacional.

Pues sobre nada más firme se asienta la nación española, que sobre la lengua que la Constitución declara común de todos los españoles, sin que ello contradiga el hecho de que varios millones de conciudadanos posean y sientan como propia otra lengua, igualmente española.

En la Cédula que el 23 de mayo de 1714 otorgó Felipe V creando la Real Academia, aseguraba hacerlo por entender que ello iba a contribuir al «bien público». La historia de la Institución ha ido confirmando lo bien fundado de aquella esperanza. Respetada, pero también discutida y estimulada por las disidencias, la Academia se acerca a los tres siglos de servicio efectivo al bien público.

De pocas instituciones puede señalarse una entrega tan dilatada en el tiempo y también en el espacio, teniendo en cuenta la proyección trasatlántica de los trabajos académicos.Ahora vemos con mucha satisfacción cómo, correspondiendo a demandas cada vez más exigentes, la Corporación se esfuerza por atenderlas, buscando ayuda también fuera del ámbito público del Estado.

Porque, efectivamente, la sociedad no puede ser indiferente al destino del idioma que le permite estar integrada en una de las comunidades más numerosas e importantes de la tierra, con las consecuencias culturales, políticas y económicas que de ello se siguen. Por lo cual parecía imprescindible que hubiera un organismo como la Fundación Pro Real Academia Española, que canalizara no sólo la ayuda sino también las iniciativas sociales.

Felicito, por ello, muy cordialmente, a quienes concibieron la idea y a quienes la han desarrollado. Extiendo, por supuesto, mi felicitación a todos los miembros fundadores que conmigo han firmado el acta constitutiva y exhorto vivamente a la Real Academia Española, a que prosiga con renovado entusiasmo las tareas que su estatuto le confía, para que continúen redundando, según las palabras de la cédula fundadora, en el bien común.

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