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Palabras de Su Majestad el Rey en la apertura del Curso 1996-1997 de las Reales Academias

Madrid, 10.10.1996

E

l año pasado presidía por primera vez la apertura del curso de las Reales Academias, y lo hacía en la Real Academia Española, la más antigua de todas. Cumplo hoy este honroso deber en la Real Academia de la Historia, la segunda en antigüedad. El Alto Patronazgo de las Reales Academias, que siempre ha ejercido la Corona, encuentra en esta incipiente tradición una solemne ocasión para hacerse público y renovarse año a año.

En 1738 el Rey Felipe V convertía en Real Academia a la junta que se congregaba en su Real Biblioteca para el estudio de la Historia. Le llevaba a tomar esa decisión la consideración de las grandes utilidades que se podrían seguir de la obra de esa Academia, dirigida, según palabras de su documento fundacional, a aclarar "la importante verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia, o por la malicia, y conduciendo al conocimiento de muchas cosas que obscureció la antigüedad, o tiene sepultadas el descuido".

Durante los ya largos años de su existencia esta Academia ha cumplido los objetivos que se propuso. Ilustrar los orígenes y las gestas de los pueblos hispanos, explicar las fases más significativas de su desarrollo, deslindar la verdad y los mitos, conservar y divulgar sus preciosos documentos son las misiones que esta docta Corporación ha realizado y sigue cumpliendo, con vigilante atención a las exigencias derivadas del ingente desarrollo de las ciencias históricas desde la fecha de vuestra fundación.

Justo es, pues, reiteraros el apoyo decidido y firme que el Rey mi antecesor otorgó a la Academia naciente en los albores de la Ilustración, y que hoy seguís mereciendo como eximios representantes de los estudiosos e investigadores que dedican a la Historia su esfuerzo y trabajo.

En una civilización como la que vivimos, inmersa en los agobios del presente y que parece en ocasiones olvidar las raíces que le son propias, resulta imprescindible detenerse a escuchar el mensaje, siempre provechoso, de nuestra historia concreta e incorporarlo al diario acontecer para encontrar en él nuestras señas de identidad y las claves del futuro.

La Historia es nuestro patrimonio y el testimonio de lo que juntos hemos logrado alcanzar. Al mirarnos en su espejo encontramos motivos más que sobrados para ese legítimo orgullo que distingue a las naciones más avanzadas y les permite renovar constantemente su confianza en sí mismas y hacerse oír con eficacia en el concierto del mundo contemporáneo.

Tenemos, pues, que aprender a conocerla y valorarla, identificamos con sus éxitos y asimilar también sus errores, asignándoles el lugar que les corresponde, para que no sean un lastre cuyo recuerdo obsesivo nos disminuya, sino una enseñanza que nos anime a no repetirlos y un estímulo para superarlos definitivamente.

Debemos afirmarnos en la convicción de que la necesaria y aún conveniente diversidad de pensamientos, opiniones y trayectorias, tanto individuales como colectivas, es un factor positivo de engrandecimiento cuando su energía se aplica a una tarea común, sentida por cada uno como propia.

España es fundamentalmente un ser histórico, un resultado de su historia. Todos somos deudores y a la vez protagonistas de este proceso. De entre sus tesoros nos corresponde hoy extraer y cultivar los valores y principios más necesarios en el tiempo que vivimos: el respeto a la persona y a la dignidad humana, la tolerancia, el realismo, la generosidad, y esa cualidad tan necesaria y tan española que es la imaginación.

He aquí una misión a la altura de esta Academia y de la responsabilidad que le concierne por el elevado lugar que ocupa en nuestro universo intelectual.

Os corresponde velar por que el lema que os preside: "Las tinieblas huyen mientras la luz de la Historia brilla para los españoles", no sea una fórmula vacía, expresión de un voluntarismo inalcanzable, sino un ingrediente activo de un proyecto prometedor y compartido.

Este es también el mensaje que desde aquí dirijo a todas la Reales Academias del Instituto de España, cuyas actividades inauguramos simbólicamente con este acto.

A todas os convoco a continuar, como hasta ahora, fieles y unidas en vuestro compromiso con la ciencia y el pensamiento, firmes en vuestra misión de custodiar y acrecentar el buen nombre de España en el concierto mundial de la cultura, y atentas siempre a impregnar con vuestro ejemplo a todos los sectores y niveles de nuestra sociedad.

Sabéis que en esta tarea contáis siempre con el apoyo con que la Corona os ha distinguido desde vuestra fundación y que muy gustosamente os sigue prestando.

Queda inaugurado el Curso 1996- 1997 de la Real Academia de la Historia y de las Reales Academias del Instituto de España.

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