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Palabras de Su Majestad el Rey en la reunión del Colegio de Comisarios de la Comisión Europea

Bélgica(Bruselas), 06.04.2005

S

eñor Presidente,Señora y Señores Vicepresidentes,Señoras y Señores Miembros de la Comisión Europea,

Vivimos en estos días, con inevitable nostalgia y honda tristeza, la pérdida de quién durante más de veintiséis años ha iluminado las conciencias y el pensamiento de millones de personas.

Recibí de Su Santidad el Papa Juan Pablo II su aliento, al tiempo que España se benefició de su afecto y dedicación. No puedo, por ello, dejar de iniciar esta intervención sin expresar estos sentimientos de afecto y agradecimiento hacia tan egregia figura.

Hace dieciséis años, en marzo de 1989, con motivo de la primera Presidencia de España del Consejo de las entonces Comunidades Europeas, tuve la oportunidad de reunirme en este edificio, con los miembros de la Comisión presidida por Jacques Delors.

No voy a enumerar todos los cambios que desde entonces se han producido; pero, desde luego, sí debo mencionar uno que me emociona especialmente.

Ustedes conforman la primera Comisión de la Europa Reunificada y, por ello, estar hoy aquí con todos Ustedes, en este rejuvenecido Palacio de Berlaymont, representa para mí un motivo de especial satisfacción. Mucho agradezco a mi buen amigo, el Presidente José Manuel Durao Barroso, el haberme brindado esta oportunidad.

En aquellos días de marzo de 1989, ya se adivinaba que algo se había puesto en marcha al otro lado del telón de acero. Sin embargo, nadie pudo pronosticar el cambio sin precedentes que se iba a desencadenar en Europa a partir de la simbólica fecha del 9 de noviembre de aquel mismo año.

El ansia de libertad de millones de europeos adelantó el reloj de la historia y, lo que en un principio iba a ser un lento proceso, se convirtió en una rápida y radical transformación.

En poco más de tres lustros, muchos de aquellos países se convirtieron en Estados democráticos, económicamente abiertos y, a partir del año pasado, en miembros de pleno derecho de la Unión Europea.

Esta espectacular transformación ha sido posible gracias a la fuerza y al coraje con que sus sociedades han acometido las reformas internas necesarias.

Pero también debemos rendir tributo al esfuerzo y clarividencia de muchas personalidades y dirigentes europeos de entonces.

En este contexto, quiero dedicar un muy sentido homenaje a la insigne figura de Su Santidad el Papa Juan Pablo II. Una figura universal de indudable dimensión histórica para el mundo y en particular para toda Europa, como incansable luchador por la dignidad humana, la libertad, la paz y la reunificación de nuestro Continente.

En 1993, en Copenhague, se abrieron con generosidad las puertas de la última ampliación. Un proceso que culminaría diez años más tarde en esa misma ciudad, con la feliz conclusión de las negociaciones de adhesión.

En aquel momento, se afirmó que la adhesión de los nuevos Estados Miembros permitía superar el legado de conflicto y división, y convertía a la Unión Europea en "la fuerza motriz para la paz, la democracia, la estabilidad y la prosperidad de nuestro Continente".

Nuestra Unión Europea, y lo podemos decir con orgullo, es un referente de cómo la cooperación entre Estados y ciudadanos ha sustituido, como modelo de convivencia, al enfrentamiento sistemático que nuestra geografía y nuestra historia tantas veces han padecido.

En su momento, la adhesión de España y Portugal dinamizó este proceso, aportando nuevas ideas y un nuevo impulso al proceso de integración europea.

Del mismo modo, esta ampliación, y las inmediatamente venideras, justifican el importante avance que debemos dar en los próximos años. Un avance que se refleja en el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa que obtuvo el apoyo mayoritario en el referéndum celebrado en España el pasado 20 de febrero.

Hace ya poco más de diecinueve años que España participa con profunda convicción europeísta en el proceso de construcción europea. Un ilusionante marco de convivencia que se gesta día a día con la suma del esfuerzo de países firmemente comprometidos con un conjunto de valores y objetivos comunes, compartidos por nuestros ciudadanos y que se proyectan más allá de nuestro Continente.

Señor Presidente,Señoras y Señores Miembros de la Comisión Europea,

La alegría que nos produce el éxito alcanzado no debe ocultarnos, sin embargo, la magnitud de los retos a los que nos enfrentamos.

La Comisión Europea tiene una especial responsabilidad en la consecución de aquellos objetivos.

Como guardiana de los Tratados y depositaria del derecho de iniciativa, su papel debe ser cada vez más decisivo, en esta Unión más grande y dinámica, pero también más compleja.

Esta nueva Comisión ha demostrado con creces su capacidad de impulso con el liderazgo que ha asumido personalmente el Presidente Barroso para relanzar la agenda europea. Los resultados del último Consejo Europeo del pasado mes de marzo así lo atestiguan.

Esperamos que la próxima cita del mes de junio sea también fructífera, a fin de dotar a la Unión de unos recursos financieros suficientes para hacer frente a las ambiciones de progreso y a las exigencias de solidaridad.

La Unión tiene que dar también respuestas adecuadas a las legítimas demandas de seguridad y de protagonismo en la política exterior, que demandan mayoritariamente los ciudadanos europeos.

Para España, la creación efectiva de un espacio europeo de libertad, seguridad y justicia reviste una particular urgencia. Las actuaciones respecto a fenómenos como el terrorismo o la inmigración sólo pueden articularse eficazmente desde el marco europeo.

Sé que la Comisión ha puesto especial énfasis en estas prioridades en su reciente Programa Estratégico para el mandato 2005-2009.

La Unión Europea constituye en sí misma la mejor representación del éxito de unos valores, tanto en el respeto de los derechos humanos, como en el desarrollo de la democracia y la creación de un modelo social justo y próspero.

Nuestra responsabilidad reside en ser capaces de proyectar estos valores en la escena internacional como un factor de paz, estabilidad y progreso.

Europa no puede comprenderse como una realidad aislada de su entorno más próximo. Sería injusto con los demás e imprudente con su propio futuro.

Hemos de contribuir al desarrollo económico, político y social de nuestros países vecinos, creando una relación de confianza y de cooperación cada vez más estrecha.

La presencia de la Unión Europea como interlocutor privilegiado con los países de la orilla Sur del Mediterráneo tiene que favorecer de una forma decisiva la solución de los problemas de la Región.

En este año, en el que se cumple el Décimo Aniversario del Proceso de Barcelona, Europa ha de revitalizar su asociación de paz y cooperación con todos los países del área mediterránea.

En esta misma línea, no olvidemos que también este año se celebra el Décimo Aniversario, tanto de la Declaración Transatlántica, como del Acuerdo Marco de la Unión Europea con Mercosur, un área con la que esperamos la pronta conclusión de un Acuerdo de Asociación, dentro del refuerzo de relaciones con Iberoamerica.

Señor Presidente,Señoras y Señores Miembros de la Comisión Europea,

No quiero extenderme en recordar las múltiples dimensiones de la tarea que les aguarda. Vaya por delante mi reconocimiento por su excelente disposición para llevarlas a cabo.

La Comisión Europea, bajo su dirección y con la alta cualificación de sus funcionarios, constituye un instrumento indispensable para llenar de contenido las grandes expectativas que la idea de Europa sigue suscitando.

Estoy convencido de que, en sus manos, los desafíos pendientes encontrarán la reflexión adecuada y las respuestas oportunas. Todos podremos así comprobar cómo, desde este edificio Berlaymont, la Comisión mantiene, una vez más, el impulso y la vocación de una Europa unida, próspera y solidaria. Un impulso y una vocación que nuestros ciudadanos reclaman para reforzar su identificación con el proyecto de integración europea.

Al concluir mis palabras deseo subrayarles que conocemos la ambición de sus objetivos y la complejidad de los problemas que deben abordar. Tenemos plena confianza en esta Comisión. Tengan la seguridad de que pueden contar con la plena colaboración de España y el reconocimiento de sus ciudadanos.

Muchas gracias.

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