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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez y al pueblo venezolano

Venezuela(Caracas), 08.09.1977

S

eñor Presidente de la República, ciudadanos de Venezuela, vuestra recepción, la primera vez que visitamos Caracas, tuvo esa connotación de cordial simpatía que franquea el diálogo y el consecuente entendimiento. El gesto excepcional de vuestra presencia, señor Presidente, en el Panteón nacional, liga en mi memoria vuestra persona al momento solemne de la ofrenda al Libertador, como queda ahora relacionada con este collar y estas insignias que hemos recibido de vuestras manos y que agradecemos profundamente emocionados. Vienen a rubricar la vinculación afectiva que la Reina y yo sentimos por Venezuela y todo lo venezolano.

En este país extraordinario, donde la acogida y la hospitalidad tienen la nota de calor humano que hoy refleja esta plaza Bolívar, el visitante se siente inmediatamente atraído por la belleza de sus paisajes y de sus costas, impresionado por la riqueza de su subsuelo y esperanzado por el ánimo de empresa y el sentimiento nacional de sus generaciones actuales.

 Esta Venezuela, que para tantos españoles ha sido, desde siglos atrás, tierra de ensueño y promisión, es hoy una realidad espléndida de bullicioso y alegre esfuerzo, donde el desarrollo se vive en fe de futuro y con propósitos de auténtica dimensión humana. Es siempre fuente de viva satisfacción el comprobar los progresos persistentes que, año tras año, se van introduciendo de forma perceptible.

Quienes formamos parte de la comunidad internacional de naciones, con espíritu preocupado y responsable, vemos también, con la misma satisfacción, la creciente participación activa y ponderada de Venezuela en la escena mundial. Los que nos sentimos hermanos, por tantas razones históricas y actuales, nos felicitamos por todos los signos positivos y prometedores que observamos.

El esfuerzo ciudadano ha forjado esta plenitud presente y ha abierto ese sinfín de posibilidades que componen el panorama vital de los venezolanos de mañana. Puedo asegurar, a la vista de todo ello, que la Venezuela que hoy se abre al visitante y la ciudadanía que la compone se han hecho claramente acreedoras de la confianza que en ellas depositara el Libertador Simón Bolívar. No hay nada que infunda mayor respeto que la lealtad y la identificación con aquellas soñadoras concepciones iniciales de la grandeza nacional.

La Reina y yo venimos a unirnos a la solemne celebración del Bicentenario de la Real Cédula del Rey Carlos III de 8 de septiembre de 1777. Es la gran conmemoración de la integración territorial de Venezuela. El recuerdo de hechos históricos decisivos, como el que hoy nos congrega en esta bellísima plaza, reviste una importancia singular. La historia es, para un pueblo, la fuente inagotable de interpretación de la compleja realidad de su cuerpo colectivo. El pueblo que no conozca su historia o que no sea capaz de asumirla en su totalidad, con un espíritu de autenticidad no partidista, jamás llegará a entenderse a sí mismo. El cultivo de nuestro pasado es la base del diálogo nacional de hoy. El pueblo venezolano, con su participación entusiasta en este Bicentenario da, una vez más, prueba clara de madurez y de patriotismo.

Señor Presidente, en un momento tan emotivo para nosotros, aquí, ante este magnífico pueblo hermano que os eligió para gobernar y representarlo como Primer mandatario, es para mí una gran satisfacción y un honor el imponeros el Collar de la Orden Americana de Isabel la Católica.

Quiero resaltar, al hacerlo, no sólo el aprecio personal que os tenemos, sino también ensalzar al gobernante de excepcionales cualidades, que ha sabido trascender los problemas inmediatos de su país, sin descuidarlos, y proyectar una política de largo alcance y de visión global.

A vuestros éxitos como político, habéis sabido sumar, desde que asumisteis la presidencia, las exigencias y los aciertos del hombre de Estado. A lo largo del tiempo en el ejercicio de vuestro mandato, han sido varias las ocasiones en que se ha presentado el momento de las grandes resoluciones. La decisión del gobernante, en tales circunstancias, pone a prueba su temple y su dimensión. El valor moral que el estadista sea capaz de imponerse en esos trances será siempre la medida de su personalidad.

Quienes hemos observado desde fuera vuestro acontecer político personal deseamos expresaros nuestra admiración por la ejecutoria que ostentáis en esas lides de íntima responsabilidad. Al imponeros estas insignias, España, a través mío, quiere hacer patente su sentimiento de respeto hacia esa entereza de carácter en el ejercicio de vuestra alta función.

He querido destacar, en primer lugar al hombre, en cuanto gobernante, siguiendo la tradición profunda de la idiosincrasia de mi pueblo, que antepone a todo los valores humanos; y que, con su innata sabiduría, mide con la vara del «deber ser», los actos de cada uno, de acuerdo con las funciones que el destino o la soberanía popular le han atribuido.

Como Rey de España, hoy me honro igualmente en distinguir al Presidente de la República que, con acertada visión política y con encomiable habilidad, ha sabido llevar las relaciones hispano-venezolanas a lo que son en este momento, un modelo de relaciones bilaterales entre dos países hermanos.

Subrayo este aspecto de la fraternidad, pues, lejos de constituir, como a simple vista parece, una facilidad inicial que disminuye la importancia de los resultados, es, por el contrario, una exigencia cuya cumplida satisfacción resulta notoriamente más difícil. Entre hermanos se hila mucho más delgado, precisamente porque se arranca de una mayor afinidad.La hermana República de Venezuela, de la mano del Presidente Carlos Andrés Pérez, ha estrechado la que España tiene tendida hacia Iberoamérica, hasta confundirse en un abrazo. Un abrazo de colaboración, de entendimiento y de entrelazamiento de quehaceres mutuos, sentidos y pensados en función de los tiempos que corren y como abierta invitación a toda la amplia hermandad de la que formamos parte histórica y vital.

Señor Presidente, todo esto significa para nosotros esta incorporación vuestra a la Orden de Isabel la Católica, a la que os damos la bienvenida.Permitidme que, en este mismo acto emotivo, incorpore a la mujer venezolana, al imponer a vuestra dignísima esposa, la Gran Cruz de Dama de la Orden, en atención a esa benemérita y eficacísima labor que en pro de la infancia viene realizando.

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