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Palabras de Su Majestad el Rey al Spanish Institute y a la Cámara de Comercio hispano-norteamericana

EE.UU.(Nueva York), 04.06.1976

M

uchas gracias por las palabras tan amables que nos acabáis de dedicar.

El Instituto Español y la Cámara de Comercio hispano-norteamericana se complementan en un gran esfuerzo, que tanto agradecemos, por nuestra cultura y por nuestra economía en la ciudad de Nueva York y en el conjunto de los Estados Unidos.

Vuestro país y esta fascinante ciudad poseen una capacidad casi ilimitada para acoger las diversas culturas humanas y fundirlas en el seno de vuestra colectividad. Pero esa integración la realizáis dentro del respeto a la autonomía cultural de los distintos grupos étnicos y por eso es Nueva York, con sus dos millones aproximadamente de hispanoparlantes, una de las grandes ciudades de nuestra lengua en el mundo.

Nosotros no podemos ser indiferentes a estas importantes concentraciones de gentes que hablan español, porque las culturas son formaciones vivas y vasos comunicantes para quienes utilizan el mismo idioma y se sienten, por una u otra razón, vinculados al mismo espíritu.

También están aquí presentes, esta noche, la economía, el comercio, la industria, las finanzas y la tecnología norteamericanos. Vosotros sabéis, casi todos por directa experiencia, que nuestro pueblo no está anclado en el pasado, ni soñando glorias pretéritas, sino juvenilmente interesado en el porvenir, en el desarrollo, en la prosperidad con justicia para todos. España es la décima potencia industrial del mundo y aspiramos a mejorar ese ranking. Somos treinta y seis millones de habitantes de importante nivel de consumo que tenderá a elevarse considerablemente. Nuestros cuadros técnicos y profesionales alcanzan los grados de preparación y conocimiento que puedan tener los países que figuran a la vanguardia del progreso.

Como bien sabéis, España, durante los últimos quince años, ha protagonizado un espectacular desarrollo económico y social cuyas cifras más elocuentes son: el aumento de la renta per cápita, que ha pasado de 292 dólares en 1960 a 2.127 en 1975; el incremento de la producción industrial, que ha pasado de 3,4 billones de dólares a 30,1 billones en el mismo período de tiempo y el crecimiento de nuestro comercio exterior de productos industriales, que ha crecido quince veces, tanto por lo que se refiere a las importaciones como a las exportaciones. El total de nuestras compras en el exterior en 1975 fue de dieciséis billones de dólares, pero el grado de cobertura en la balanza comercial española viene siendo en los últimos años del orden de solamente el cincuenta por ciento.

Por lo que se refiere a nuestra relación bilateral, nuestras compras en Estados Unidos alcanzaron el pasado año los 2.600 millones de dólares, frente a unas ventas de sólo ochocientos millones. Las inversiones americanas en España, que en 1960 eran sólo el 12,2 por ciento del total de inversiones extranjeras, pasaron en 1975 a ser el 64,5 de dicho total, con cifras absolutas mucho más altas. Por el contrario, de los treinta millones de turistas que en 1970 visitaron España corresponde a la participación americana poco más del tres por ciento.

El efecto fundamental del desarrollo español ha sido una creciente y cada vez más estrecha vinculación con el mundo que nos rodea.Nuestros fuertes déficit de la balanza comercial han podido ser absorbidos a través de tres magnitudes fundamentales: las remesas de emigrantes, el turismo y las transferencias de capital a largo plazo, principalmente las inversiones exteriores directas en la industria española. Estas últimas no sólo han significado una importante contribución para nuestra balanza de pagos, sino que también han permitido desarrollar en mi país, en algunos casos, nuevas tecnologías industriales y avanzadas técnicas empresariales, aunque todavía en el sector tecnológico queda mucho por hacer.

A pesar de toda esta evolución, calificada por algunos como «milagro español», la economía española tiene todavía algunos problemas que han sido puestos de manifiesto por la crisis energética y la consiguiente recesión que se ha producido en las economías del mundo occidental: inflación, debilidad del sector exterior y excedente de mano de obra. España ha sufrido las consecuencias de esta crisis especialmente en el año 1975, con prácticamente un crecimiento cero del producto nacional bruto, que contrasta grandemente con el crecimiento medio acumulativo de los últimos años de un siete por ciento. Por otra parte, la crisis ha supuesto también la desaparición de las posibilidades de colocación en Europa, como en el pasado, de nuestra mano de obra excedente, una importante recesión en el sector turístico y un fuerte incremento de los pagos al exterior, por las importaciones de todo el petróleo que consume el mercado español, que viene a representar actualmente el veinticinco por ciento del valor total de nuestras importaciones.

Tenemos, evidentemente, problemas económicos y tensiones sociales, luchamos fuertemente por combatir la inflación, reducir el desempleo y nivelar el presupuesto interior y externo. Nuestra economía es, sin embargo, básicamente sana y esperamos que la reactivación de la economía del mundo occidental, que ya se adivina en este país, vuelva a empujar de modo definitivo a nuestra economía a crecimientos esperanzadores.

Para ello constituye premisa fundamental el crédito y el capital extranjero como complemento del ahorro nacional, dentro del marco de una legislación sobre inversiones extranjeras ciertamente liberal.

España, parte integrante de Europa, no puede permanecer al margen de los movimientos de integración de este continente ya en marcha. Europa sin España es una realidad incompleta. Pero, aunque esta política europea es una premisa básica para mi país, no nos puede hacer olvidar lo que para España representa América Latina ni los vínculos especiales que nos relacionan con los Estados Unidos de América, constituyendo todo este continente americano, por lo tanto, una parte decisiva de la política exterior de España. Estos pilares de la política del gobierno español, así como las nuevas circunstancias de España, hacen que mi país constituya un marco excepcional para convertirse en un puente de comunicación económica e industrial entre los Estados Unidos de América y Europa, América Latina y Africa.

España es un país de economía abierta. Creemos en la iniciativa del empresario, como el mejor impulso del progreso; aceptamos la economía de mercado, complementada con una razonable supervisión y acción del gobierno en materia tan compleja como la economía de los tiempos de crisis, y aplicamos, como os he dicho, una legislación liberal a las inversiones que se hagan para promover nuestra economía. Ejemplos recientes y de gran dimensión demuestran que ése es un terreno firme y constructivo en el que hay un inmenso campo que recorrer.

La España de hoy está trabajando con espíritu joven, con optimismo y con esperanza. Se propone vivir en paz con todos los pueblos y realizar ideales de libertad, de justicia y de progreso para todos los españoles. Por eso y porque entiendo que los caminos de la paz pasan por la cooperación entre las naciones y la comprensión entre los pueblos, estoy seguro de que la cooperación de norteamericanos y españoles, el entendimiento y el recíproco afecto han de permanecer como objetivo común para todos nosotros.

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