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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de la República Dominicana en la entrega de la Gran Cruz de la Orden de Duarte, Sánchez y Mella

República Dominicana(Santo Domingo), 31.05.1976

R

ecibo con verdadera emoción, señor Presidente, la Gran Cruz de la Orden de Duarte, Sánchez y Mella, con la que acabáis de honrar a todos los españoles en mi persona.

Con vuestras palabras, que me conmueven profundamente, habéis confirmado en esta solemne ocasión el efecto que a España profesáis y del que tantas muestras habéis dado a lo largo de vuestra brillante trayectoria como escritor y como estadista.

Ha señalado vuestra excelencia que el pueblo dominicano es amante de la libertad y que vive orgulloso de haber sabido conquistar con el coraje heredado de sus antepasados el derecho a dirigir sus propios destinos.

España entera mira hoy con respeto y con admiración a aquellos hombres que hicieron posible la independencia de la República Dominicana y, en primer lugar, la figura de Juan Pablo Duarte, ejemplo admirable de patriotismo y de pureza, de mansedumbre cristiana y de valor, que mantuvo viva hasta su postrer aliento la confianza en el futuro de esta República, que es hoy una nación en pleno desarrollo, dentro del orden y de la libertad, gracias al esfuerzo del pueblo dominicano y a la dirección de vuestra excelencia.

Estamos viviendo, a vuestra generosa invitación, horas inolvidables para la evocación común y para el proyectar ilusionado. Cómo no hacerlo, en esta isla maravillosa, a la que el descubridor encontró con grandes valles muy semejantes a los de Castilla, y, por esta razón, la llamó Española... Sus habitantes _nos dicen las crónicas_ eran la gente más hermosa y de mejor condición que vieran hasta entonces en el viaje: las mujeres, tan bellas como las de España; las tierras, de regadío; los caminos, anchos y buenos; los aires, como en Castilla el mes de abril; las noches, de catorce horas; la mar, tan llana como en el puerto de Sevilla; la situación geográfica, a 34 grados de la línea equinoccial. El Almirante, don Cristóbal Colón, no recata su entusiasmo ante ella, y escribe así a los Reyes: «Creo que debajo del cielo, no hay mejor tierra en el mundo.»

Os decía esta mañana, al pisar tierra dominicana, que todo español que viene a América encuentra en ella sus raíces. Yo soy el último español que ha llegado y el primero de sus Reyes que la visita. Encontramos en América algo de lo que hemos dejado en la península, no sólo trasplantado, sino recreado. Vivir es recrear, y nuestras vidas fueron y son distintas. La vuestra es muy pujante, muy auténtica __y muy autóctona_ pero tenemos mucho en común: la lengua, la cultura, la historia, la sangre, la arquitectura de las ciudades y el estilo de vida, que nos aúnan, al mismo tiempo que nos permiten mantener la propia identidad, igual que las montañas, que se unen en la base, y se distancian en las cumbres. Distanciarse, no es separarse. Con este viaje inolvidable he venido a confirmarlo. Como confirmación tengo vuestra palabra. La palabra de América que he venido a escuchar.

Si tuviera que elegir una sola de las raíces que nos unen, de las raíces comunicantes que nos igualan sin quitarnos la identidad, elegiría sin duda nuestra lengua. La lengua es la casa común en donde a cada uno de nuestros pueblos corresponde una habitación. La lengua es la morada que todos habitamos. Cuanto hagamos por ella, a ambos lados del mar, la vivifica y la hermosea. Es misión de las distintas generaciones mantenerla actualizada, flexible, rápida, capaz y siempre en forma. No hay una lengua definitivamente hecha.La lengua es nuestra sangre espiritual y establece la frontera exterior de nuestros pueblos en el mundo, pero traza también, en cada uno de nosotros, nuestra frontera personal. Nadie puede conocerse a sí mismo sino a través de ese diálogo en que el hombre pregunta y la lengua responde, pues lo propio del hombre es preguntar, lo propio de la lengua es responder. Por ella somos hombres, y por ella también somos quienes somos, pues la frontera personal sólo puede fijarse en ese interno y último diálogo del hombre con su lengua.

En la memoria del niño y en la memoria del hombre las palabras incorporan imágenes, pero también incorporan con ellas las costumbres de un pueblo, sus reacciones vitales ya decantadas por el uso, sus rezos y sus leyes, su modo de gozar y de llorar, su pensamiento y su poesía. Hablar en una lengua determinada es insertarse en la corriente de un río que nos conduce y fertiliza. No estamos solos en el mundo. No hemos nacido ayer porque hablamos en una lengua que nos transmite la solidaridad de los vivos y de los muertos, la solidaridad de cuantos la hablaron desde hace muchos siglos hasta hoy. En última instancia es un repertorio de actitudes vitales que facilita nuestras acciones y representa el patrimonio común de sus hablantes. Emprendí este viaje para escuchar, con alegría, nuestra lengua de América.

La segunda raíz que nos une es la historia. Como todos sabéis, nuestra historia común sigue teniendo estratos que algunos consideran conflictivos. Es, sin embargo, nuestra historia y hay que aceptarla como es. No nos debe importar. La historia conflictiva es la más viva: tiene sobre nosotros una actuación de urgencia. Pero también hay formas de la historia que son más permanentes. Así, por ejemplo, nuestra vida política se ha separado ya hace más de cien años y, sin embargo, las ciudades americanas no se han movido todavía de los lugares donde las asentaron, generalmente con fortuna, sus fundadores. El pasado persiste en el presente, y nos brinda todas las posibilidades que tenemos para actuar tanto los pueblos como los hombres.

La cultura es la tercera de las raíces que unen América con España y tal vez representa nuestra comunidad más afectiva. La lengua es nuestra sangre y la cultura nuestro quehacer común. Constituye un destino, que tiende por su misma naturaleza a hacerla universal. España trajo a América el sistema cultural de occidente, pero trajo también su propia recreación de esta cultura.

Será tarea de la Corona española alentar esta voz de la cultura que hoy constituye el único mensaje pacificador y el único lenguaje universal. Trataré de cumplirla, y para darle asiento y logro, quisiera comunicaros un propósito que significa un comienzo de la tarea. Reanudando una noble tradición familiar y monárquica, desearía que se celebrase en España, si todos me ayudáis, la III Exposición Internacional Iberoamericana. Las dos primeras, como recordaréis, se celebraron en Sevilla y en Barcelona y fueron auspiciadas por mi abuelo, el Rey Alfonso XIII. Nuestros pueblos están a punto. Pueden hacer un alarde. Tienen que hacerlo. Sólo precisan demostrar lo que son, demostrar lo que hacen. Para mí, personalmente, nada más alentador que iniciar mi reinado con esta empresa y convertirme en patrocinador de vuestro esfuerzo y en portavoz de vuestro espíritu.

Al agradecer nuevamente a vuestra excelencia el alto honor que me habéis conferido, quiero proclamar desde esta ciudad primada de América mi fe en el futuro de la República Dominicana, que se abre lleno de esperanza ante nosotros, y nuestra firme decisión de mantenernos fieles al mundo hispánico al que, en frase de Vuestra Excelencia, nos sentimos para siempre vinculados por obra de la sangre y por mandato de la historia.

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