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Palabras de Su Majestad el Rey al Congreso de Guatemala en la conmemoración del CLVI aniversario de la independencia de Centroamérica

Guatemala, 10.09.1977

S

eñor Presidente de la República, señor vicepresidente de la República, señor presidente del Congreso de la República de Guatemala, señor presidente del Poder Judicial, señores presidentes y representantes de los poderes legislativos de las Repúblicas de Centroamérica, señores jefes de misiones extranjeras, honorables diputados,el sentir profundo y la vivencia cotidiana de los pueblos se van jalonando, a lo largo de la historia, por ciertos momentos de relieve decisivo. La invitación para que el Rey de España, en su primera llegada a Centroamérica, esté presente en esta sesión solemne que conmemora vuestra independencia colectiva, rubrica uno de estos hitos llenos de significado.

En este acto inicial de nuestra visita, no puedo concebir un marco más apropiado ni una ocasión más oportuna que esta celebración en la sede de la antigua Capitanía General de Guatemala. No creo necesario subrayar su significado. Disfrutamos de un pasado histórico vivido durante siglos en común. Todos somos hermanos, en consolidada madurez, surgidos de un mismo tronco familiar. Todos, en fin, por la vía del espíritu y de las libertades, somos continuadores del despertar que se configuró en torno a la Constitución de 1812.

Al llegar el momento de ese despertar mediado el primer tercio del siglo XIX el espíritu de los tiempos y de vuestra propia plenitud nacional motivó una breve interrupción de nuestra comunicación. La cordialidad entre nosotros, se restableció pronto y, a medida que la técnica va facilitando progresivamente los intercambios, nuestro entrelazamiento se incrementa de una manera natural.

La afinidad que mutuamente sentimos jamás encontró obstáculos en la distancia, desde que nuestros comunes antepasados se instalaron a convivir en esta privilegiada y bella encrucijada de América. A poco de iniciarse el siglo XVI, la gran aventura de la formación de las «ínclitas razas ubérrimas» que cantara el poeta, empezó a tomar cuerpo. Muy pronto, las ciudades con nombres y evocación castellana y religiosa se entrelazaron con las poblaciones con denominaciones indígenas, a medida que los hombres y sus culturas se fusionaban para configurar, año a año, la espléndida realidad vital de esta Centroamérica de hoy.

Una decidida armonización unitaria se inició con la creación de la Capitanía General de Guatemala. El aspecto militar y gubernativo fue muy pronto complementado por el judicial, al crearse en 1543 la Audiencia de los Confines. Algo más de un siglo después, llegó la autorización real para la creación de la Universidad de San Carlos a poco de instalarse la primera imprenta y fue solemnemente inaugurada en 1681. Cincuenta años más tarde, aparece la Gaceta de Guatemala, primer periódico de Centroamérica, y se instala en esta capital la Casa de la Moneda. La organización administrativa de la Iglesia se ajusta en 1745 a todo ese complejo unificado, creando la Archidiócesis de Guatemala como cabeza religiosa en todo el territorio.

A partir de la gesta de Pedro de Alvarado, en el progresivo transcurso de dos siglos, Centroamérica, sin perder la fuerza de su variedad, se acopla a una organización única que tendrá fiel reflejo a la hora de su independencia. El 15 de septiembre de 1821, de forma pacífica, Centroamérica asume su soberanía y su destino, con el capitán general Gaínza como Jefe del nuevo Estado. Dos años después se crean las «Provincias Unidas del Centro de América», que ratifican al año siguiente su Constitución. Vuestras Repúblicas acceden, pues, a la vida independiente, unidas; como unidas habían estado antes de tan trascendental paso.

La actual pluralidad conserva en su trasfondo esa unidad, como posibilidad potencial. Para un observador extraño, vuestra comunidad no es la simple agregación de naciones asentadas sobre un espacio natural delimitado geográficamente. Os une un origen común y os caracteriza una personalidad realizada a través del tiempo. Un futuro comunitario podría reservar para todos un destino de realización en un mundo que tiende a la agrupación. Permitidme estas reflexiones ante el hecho de ver congregados aquí a la representación de vuestros poderes legislativos en una celebración conjunta.

Me atrevo a ponderar, asimismo, vuestra dimensión universal, en cuanto rasgo distintivo persistente: lo fue de la cultura maya, que cubrió grandes zonas de vuestro territorio; es consustancial a vuestra situación geográfica, como puente entre los dos grandes bloques continentales y como nexo entre los Océanos; lo es vuestra aportación literaria, desde el Popol-Vuh hasta Darío y Asturias.

Universal fue, en su concepción, la convicción de uno de vuestros procuradores ante las Cortes de Cádiz, Antonio Larrazábal, que abogó por la posibilidad de una comunidad hispánica de naciones, con base en un entramado de provincias o entidades autónomas, iguales en derechos y obligaciones.

Toda esta universalidad plenamente realizada y las posibilidades potenciales que albergáis como gran promesa de futuro brindada al mundo, no es fruto de la casualidad. Las debéis a la legendaria belleza de vuestros paisajes; a la riqueza de mitos plasmados en monumentos artísticos, de incalculable valor, que os legaron las culturas prehispánicas, a la proyección que os da vuestra inserción en el mundo occidental, a través del idioma y de las ideas, que desde hace más de cuatro siglos vienen configurando vuestra existencia colectiva. Las debéis, en fin, a vuestra variada expresión nacional, amorosamente cultivada, generación a generación.

El viajero que visita vuestras tierras queda prendado por toda esa realidad. A Guatemala llega, atraído quizá por la lectura de la obra de Miguel Angel Asturias, galardonado con el premio literario de universal consagración, y queda deslumbrado por Tikal, Chichicastenango y La Antigua. Llevado por tan profundas impresiones, de una manera natural, el viajero se adentra en vuestra expresión artística y literaria actual y acaba cantando a su vez, como hace unos años nuestro poeta Agustín de Foxá, la belleza de vuestros lagos y de vuestros volcanes.

En Honduras, se renuevan las mismas sensaciones, con sus escarpadas montañas adornadas de inmensos pinares. En Tegucigalpa, los monumentos de las plazas públicas recordarán al moderno peregrino las figuras señeras de próceres como el general Francisco Morazán y como el sabio José Cecilio del Valle, flotando en el aire sus viejos ideales de integración y los nuevos de prosperidad y bienestar de sus descendientes de hoy.

¿Qué decir de El Salvador? El viajero de nuestros días queda asombrado de la densidad de su población y de la forma con que ésta es compatible con una belleza geográfica sin par, en la que lagos, montañas y volcanes se combinan con sus incomparables playas y ensenadas bañadas por el Pacífico y con la exuberancia de su vegetación. Sus tierras, cultivadas con laboriosidad ejemplar, reflejan el carácter y la tenacidad de un pueblo empeñado en decantar por el esfuerzo un futuro mejor.

De la mano de Darío, el viajero se adentra en Nicaragua. Poeta de la raza y mago de la palabra, intuyó la futura grandeza de nuestras naciones y el resurgir de España. Rubén soñó y plasmó sus sueños en estrofas eternas una comunidad conjuntada de países de habla española, capaz de ocupar el lugar, alto y digno, que en el concierto internacional le corresponde. A nosotros nos incumbe confirmar al poeta soñador y hacer de él el heraldo de una realidad que su memoria merece.

Poeta de Nicaragua. Llevado por su lira, el moderno peregrino siente en carne propia el espectáculo aún visible de la tragedia que asoló el país en 1972. Sus lagos azules, el Momotombo imponente, su verde costa atlántica, todos se estremecieron y el mundo con ellos al contemplar con las luces del alba la desaparición de Managua. El pueblo nicaragüense dio, una vez más, una lección de temple y valor y se lanzó, de nuevo, al trabajo y a la reconstrucción. El viajero admira esta lección de tenacidad frente a la adversidad y comprende su ejemplaridad. Los Reyes de España hacen votos para que, pronto, su deseo de visitar al pueblo nicaragüense se convierta en realidad.

Finalmente, nuestro viajero de hoy, termina su gira centroamericana en Costa Rica. Se reanuda su deslumbramiento por las bellezas naturales que va contemplando y queda impresionado por la moderación y las virtudes cívicas de sus ciudadanos. La memoria del peregrino revive las jornadas de San José, al proclamarse el Pacto de los Derechos Humanos en 1969, tan reveladores de la ejemplar preocupación costarricense por un tema cuya dimensión y alcance constituye uno de los fundamentos de la sociedad internacional de nuestro tiempo. La decidida dimensión cultural y educativa de Costa Rica, esclarecido ejemplo de toda una concepción del Estado basada en el respeto de la ley y el ordenamiento constitucional, señala al viajero el camino de la justa, pacífica y fructífera convivencia.

La rica variedad plural de Centroamérica ha sentido siempre esa llamada íntima a la integración de su economía y de sus intereses. En esta sesión solemne, en presencia de los representantes de sus poderes legislativos, justo es rememorar los esfuerzos recientes que se han venido realizando desde 1951, en que se aprobó la primera Carta de la Organización de Estados centroamericanos, en San Salvador. Al cumplirse el año 1960, la comunidad de naciones de habla española vivimos con ilusión y con esperanza el primer intento de integración económica que se producía en nuestro seno y que Centroamérica ofrecía como ejemplo. El 13 de diciembre de ese año, en Managua, nacía vuestro Mercado Común y, paralelamente, el Banco Centroamericano de Integración Económica.

El Rey de España quiere aprovechar esta ocasión inicial de su primera visita, para unirse a la esperanza que ha despertado el anteproyecto de acuerdo elaborado por la Secretaría Permanente del Tratado de Integración Económica Centroamericana y formular sus votos fervientes por una pronta realización de tan laudable propósito. Hermanos vuestros por el espíritu y por la lengua, por la sangre y por la tradición, deseamos vehementemente vuestra prosperidad y vuestro progreso, y estamos dispuestos, en la medida en que lo permitan nuestros recursos, a apoyar cuanta iniciativa integracionista nazca de vuestra libérrima voluntad soberana.

Señor Presidente de la República, señor presidente del Congreso de la República de Guatemala, señores presidentes y representantes de los poderes legislativos de las Repúblicas de Centroamérica, señores diputados, he venido a testimoniar la voluntad americana de la Corona, del Gobierno y del pueblo de España. Ante los poderes legislativos de Centroamérica, en esta hora de solemne conmemoración de vuestra independencia, quiero dejar testimonio también de nuestro homenaje a todos aquellos prohombres, vuestros compatriotas, que contribuyeron con su empeño y su entrega a la configuración de vuestra realidad actual; quiero también expresar el sentimiento de solidaridad de los españoles con las justas aspiraciones de Guatemala respecto a Belice. Sus derechos históricos fueron siempre defendidos por la Corona. Veríamos con gran satisfacción que se lograra pronto una justa solución.

Por último, reafirmo ante vosotros, una vez más, que «os hablo en nombre de una idea»: de la grandeza y felicidad de Centroamérica «que lo soñado se convierta en hecho», que se transforme en realidad gracias a vuestro esfuerzo y vuestro afán. En todo momento y con hechos, España quiere estar a vuestro lado.

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