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Palabras de Su Majestad el Rey a las Cámaras Legislativas belgas

Bélgica(Bruselas), 16.11.1977

S

eñor Presidente de la Cámara de Representantes, señor Presidente del Senado, señores diputados, señores senadores,

Quiero ante todo expresaros, en nombre de la Reina y en el mío propio, nuestro agradecimiento por esta oportunidad que me ofrecéis para dirigirme a vosotros, representantes del pueblo belga, en este Palacio de la nación que os alberga y que es testigo de vuestra tarea diaria. Al encontrarnos entre sus muros, no podemos menos de sentir una particular emoción, recordando tantas cosas que han unido a Bélgica y a España en el pasado y que han entrelazado los destinos de nuestros pueblos.

España vivió el período quizás más glorioso de su historia cuando rigió sus destinos como Rey de España quien más tarde había de ser el Emperador Carlos V, nacido en Gante, y que desde estas tierras condujo buena parte de sus empresas inspiradas en un concepto de universalidad, tanto político como ético, que marcó uno de los hitos decisivos de la historia de Europa y del mundo.

Aquella época era también un tiempo de profundas renovaciones en el desarrollo del sentimiento nacional de los pueblos europeos, y la estructura de nuestro continente sufrió cambios y siguió rumbos imprevistos, que no fueron ajenos a la decisión del Emperador de ceder sus Coronas y retirarse dentro de sí mismo en un rincón de nuestras tierras españolas.

 Sin embargo, el parentesco espiritual establecido entre nuestros pueblos continuó vivo durante bastante tiempo y siguió dando frutos importantes en el campo de la política y en el de la cultura. Otros reyes nuestros de la Casa de Austria lo fueron también vuestros, hasta la extinción de la dinastía en España con la muerte de Carlos II. Durante todo aquel período en que las formas de vivir, los estilos y el pensamiento de España irradiaban poderosamente su influencia sobre toda Europa, ese patrimonio era en realidad común a nuestros dos pueblos, hasta el punto de que las formas artísticas que aquí y allí florecían especialmente la pintura y la música, pero también la filosofía y la literatura, si bien se distinguían regionalmente, constituían un todo y se enriquecían mutuamente con sus recíprocas influencias.

El sentido de la historia, sin embargo, se percibe en el presente, especialmente cuando vivimos nuevamente tiempos de renovación en que nuestros dos pueblos se reencuentran y emprenden otra vez el camino que juntos les conducirá a un futuro íntimamente compartido.

Con la fuerza de un símbolo que trasciende la historia, Bruselas hoy, por un consenso cierto y casi plebiscitario entre gobiernos y pueblos en la parte occidental de nuestro continente, sigue encarnando la voluntad representativa y unificadora de un concepto de sociedad apoyado en valores humanos que también nosotros profesamos, y que la convierte en una auténtica capital de Europa. Son tiempos propicios para audaces innovaciones y para la creación de una nueva solidaridad entre los pueblos de Europa. En esta tarea creadora le ha correspondido a Bélgica y a sus estadistas desempeñar un papel de primer orden, al que yo quiero rendir aquí un explícito homenaje. España, por su parte, es hoy a la vez una nación vieja y un pueblo joven, capaz de aportar una experiencia milenaria y un espíritu de renovación que pueden ser igualmente necesarios para completar el cuadro a la vez unitario y diversificado de lo que puede y debe ser esa nueva Europa.

En las visitas que me propongo realizar a varias de vuestras ciudades, símbolo vivo de la tradición de libertades a diario renovada, tendré ocasión de apreciar personalmente el vigor y la persistencia de los valores espirituales que tanto nos han enriquecido. En el seno de una Europa democrática que ha de contar con el esfuerzo solidario de todos, se nos abre una ilusionada tarea en la que trabajaremos juntos españoles y belgas, sin regatear sacrificios, convencidos de que sólo en esa hermandad podremos alcanzar los ideales de bienestar y justicia a los que legítimamente aspiran nuestros pueblos.

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