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Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey

Madrid(Palacio de La Zarzuela), 24.12.1980

U

na vez más, con motivo de estas entrañables fiestas de la navidad, se me ofrece la tradicional ocasión de dirigirme a todos vosotros y de ponerme en contacto con todas las familias de España.

Por ello, estos instantes representan para mí una esperada oportunidad para expresaros mis deseos de paz, bienestar y felicidad y para ofrecerme, renovadamente, en la voluntad de diálogo, de dedicación y de esfuerzo que mi función constitucional, como árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones, exige para la mejor convivencia nacional.

No creo, sin embargo, que en estos momentos sea útil prodigar en exceso las palabras. La reflexión serena y profunda sobre nuestro propio ser como nación y sobre nuestro destino como pueblo, es la actitud que el tiempo en que vivimos nos requiere. Porque estamos inmersos en un proceso de transformación y de cambio en todos los órdenes, complejo y difícil, que demanda un intenso esfuerzo de comprensión, de confianza y de responsabilidad.

Cuando me dirigí a vosotros el pasado año en estas mismas fechas, os exhortaba a que sintiéramos juntos el orgullo de ser españoles.

Al recapacitar hoy sobre nuestras conductas, debemos preguntarnos si verdaderamente hemos hecho, en todo momento y desde la misión que cada uno tiene en la sociedad, lo necesario para sentirnos orgullosos.

Porque ser español no es sólo un título que se consigue por el hecho de nacer en un territorio o por un reconocimiento documental. Es algo que hay que ganarse día a día, con el sacrificio por España y por cada uno de nuestros compatriotas, con la comprensión y la buena voluntad, con el esfuerzo en el trabajo, con la dedicación entusiasta que nos permita mejorar nuestras condiciones de vida, con la colaboración auténtica y desinteresada para conseguir que brille la justicia, se mantenga la libertad alcanzada y en el fondo de nuestros corazones alienten auténticos deseos de paz.

Estos anhelos de paz, de libertad y de justicia, al ser planteados y consagrados democráticamente, nos han abierto una indudable esperanza, para nosotros y para las nuevas generaciones, de la que no podemos abdicar por complejos y difíciles que sean los problemas que entre todos hemos de resolver.

Los esfuerzos para superarlos han sido muy loables y se han cubierto importantes etapas. Pero a pesar de cuanto hemos avanzado, aún es necesario vencer los obstáculos y las dificultades que presenta hoy el total desarrollo armónico y solidario de nuestra empresa colectiva.

El terrorismo, la crisis económica, de las sociedades industriales y su trágica secuela del paro; la falta, a veces, de autenticidad en los planteamientos de la convivencia; la exigencia, no siempre asumida, de respetar los poderes públicos legítimos; la necesidad de fijar los límites que no pueden traspasarse y de integrar los intereses y comportamientos individuales, de partido o regionales en ese marco de grandes objetivos comunes que traza nuestra Constitución, son problemas graves que hemos de afrontar con preocupación pero también con serenidad y confianza porque no podemos renunciar a concluir nuestro proceso de plenitud nacional en la democracia y en la libertad.

Es urgente, por tanto, que hagamos todos un especial esfuerzo de sinceridad, que examinemos nuestro comportamiento en el ámbito de la responsabilidad que a cada uno nos es propia, sin la evasión que siempre supone buscar culpas ajenas.

Porque sólo con este esfuerzo de sinceridad alcanzaremos la claridad y el realismo imprescindibles para proceder conscientemente en una coyuntura difícil; porque sólo desde la sinceridad se puede fortalecer la esperanza; porque sólo con sinceridad y esperanza podremos despejar el camino que aún hemos de recorrer para conseguir una España mejor.

Y así estaremos en condiciones de afrontar unidos nuestra propia realidad.

Una realidad sobre la que, en el clima de balance y de meditación propio de estos días, quiero invitar a todos a reflexionar:

A los que tienen en sus manos la gobernación del país, a los que forman parte de todas las instituciones del Estado; a los partidos políticos que desde el poder o desde la oposición han de poner la defensa de la democracia y el bien de España por encima de limitados y transitorios intereses personales, de grupo o de partido; a los que han de rendir en su trabajo y esforzarse en su misión, a cuantos forman parte de esta patria común que a todos nos interesa.

La Monarquía que en mí se encarna es respetuosa y solidaria con los depositarios de la confianza popular democráticamente manifestada.

Es impulsora de una acción de todos para todos.

Es símbolo de unidad y permanencia en medio de la actividad política de cada día.

Pero consideremos la política como un medio para conseguir un fin y no como un fin en sí misma.Esforcémonos en proteger y consolidar lo esencial si no queremos exponernos a quedarnos sin base ni ocasión para ejercer lo accesorio.

No podemos desaprovechar en inútiles vaivenes, compromisos y disputas, esta voluntad de transformar y estabilizar a España que compartimos y que queremos plasmar en un ámbito nacional compacto, solidario y armónico.

Necesitamos rechazar todo sentimiento de pesimismo, porque el pesimismo añade un nuevo mal al mal que lo ocasiona.

Es preciso que todos nos integremos profundamente, sin egoísmos ni reparos, en el hogar ancho y comprometedor de la patria común.

Yo quisiera acertar con mis palabras de esta noche al demandar a todos un esfuerzo de dimensiones gigantes en una hora que necesita, precisamente, de gigantescos esfuerzos colectivos.

Por eso os pido, en este momento cargado de añoranza, de plegarias, de confidencias familiares y de reencuentros, que colaboréis al entendimiento en esta España única e inmensa, que todos llevamos en nuestra mente y en nuestro corazón.

En la confianza de que estamos dispuestos a avanzar juntos hacia un futuro mejor, superando las dificultades de un presente con problemas pero también con proyección de futuro, quiero depositar esta noche en vuestros hogares una invitación a la esperanza.

Con este espíritu y con este sentimiento, a todos los que hoy me escucháis y a todos los españoles que fuera de España están ahora venciendo la distancia en la emoción de estas fiestas, en mi nombre y en el de mi familia os envío los mejores deseos y pido a Dios os conceda todo género de felicidades.

 

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Mensaje de Navidad de S.M. el Rey