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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega del Premio Cervantes a Mario Vargas Llosa

Madrid(Alcalá de Henares), 24.04.1995

L

a entrega de la más alta distinción de las letras españolas, el Premio Miguel de Cervantes, que se halla estrechamente unido a los actos con que anualmente celebramos el día del libro, nos reúne de nuevo en este histórico paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.

Estos dos acontecimientos señalan y destacan la singular significación que estas fechas tienen para el mundo de las letras españolas e hispanoamericanas. Nos brindan la oportunidad de felicitarnos por la vitalidad de nuestra lengua y de nuestra creación literaria; y también la ocasión de reflexionar sobre el papel que el libro y los escritores, sean poetas, pensadores o fabuladores, juegan en la educación, la autoconciencia y el perfeccionamiento de individuos y sociedades.

Acudimos a este acto sabedores de la importancia que la actividad creadora tiene para el porvenir de los pueblos. Los escritores podéis influir sobre la colectividad ayudando a configurar determinados ideales y valores, contribuyendo a vivificar la memoria histórica, haciendo fructificar la conciencia crítica y la responsabilidad solidaria, incitando la imaginación, iluminando los rasgos de la sociedad y de la época que nos ha tocado vivir.

Este tipo de propósitos han impulsado en buena medida la obra de Mario Vargas Llosa, el escritor a quien hoy entregamos el Premio Cervantes.La pasión civil, el espíritu crítico para con la conflictiva realidad de su país, el conocimiento de sus tierras y gentes, la resistencia a olvidar las venturas y desventuras históricas de su patria, son algunos de los resortes que han desencadenado su potencia fabuladora.

En las novelas y cuentos de Vargas Llosa, en la vasta galería de retratos que ha dibujado, en sus grandes frescos narrativos, vive y respira buena parte de la realidad peruana con toda la plenitud de sus ambigüedades y claroscuros.

Desde los relatos con que inició su ya dilatada carrera hasta sus últimos escritos, en todos y cada uno de los géneros en los que ha desplegado su inteligencia, Mario Vargas Llosa se ha mantenido fiel a esas raíces peruanas. En su trayectoria de escritor se observa también el predominio de los principios ilustrados, teñidos durante buena parte de su carrera por el influjo de las ideas igualitarias, socializantes, y ya en su madurez por un liberalismo igualmente radical.

En todo caso, de principio a fin, sea cual haya sido la postura concreta o la esfera en la que ha ejercido su intervención, en la obra de Vargas Llosa late el compromiso del autor con su tierra y con su tiempo. Y en ella resplandece igualmente una actitud de responsabilidad pública y crítica visible tanto si se trata de escritura de creación como de análisis.

La grandeza del compromiso de Vargas Llosa radica en las dimensiones que, en su concepción, alcanza la escritura. El novelista inventa historias a partir de su historia personal, de sus demonios, tal y como llama el propio autor a sus experiencias.

La novela, por lo tanto, huye del realismo estrecho para edificar otra realidad más poderosa, nacida en las oscuras simas autobiográficas donde el escritor baraja, cierne y selecciona sus recuerdos y sus visiones, para luego ordenarlas con el talento literario y dotar a las criaturas así nacidas con una nueva vitalidad.

Tal es el proceso mediante el que fueron creados los inolvidables adolescentes de aquellas primeras narraciones -«Los Jefes», «La Ciudad y los Perros», «Los Cachorros»- que dieron a conocer a Vargas Llosa.

Procedimientos similares, si bien de estructura más compleja y ambiciosa, llevaron a Vargas Llosa a componer frescos cada vez más globales y omnicomprensivos del presente y del pasado de su Perú natal: «La Casa Verde», «Conversaciones en la Catedral», «Pantaleón y las visitadoras».

Años más tarde, tanto antes como después de la apasionada vocación política que le llevó a presentarse como candidato a la Presidencia del Perú, Vargas Llosa ha seguido maravillando con sus libros a millones de lectores.

«La tía Julia y el escribidor», «La guerra del fin del mundo», «Historia de Mayta», «¿Quién mató a Palomino Molero?» o «Lituma en los Andes», son algunas de esas novelas que, al ser publicadas, han hecho sobresalir a Vargas Llosa.

Junto a esta obra novelística, que representa la cúspide de su creatividad, como público y crítica han reconocido, no deben ser olvidadas la hondura y la belleza con que ha enriquecido otros géneros. Por ejemplo, el teatral en «La señorita de Tacna»; o el autobiográfico en «El pez en el agua», libro en el que rememora, sin falsos arrepentimientos, los avatares de su incursión en la política activa.

Son, asimismo, de enriquecedora lectura sus trabajos de reflexión y crítica literaria: desde la temprana «Carta de batalla por "Tirant lo Blanc"», en la que, al igual que Cervantes, muestra su querencia por este gran libro de caballería, hasta los estudios recogidos en «Contra viento y marea» y «La verdad de las mentiras», el autoanálisis de «Historia de una novela» o la inclasificable «Elogio de la madrastra», pasando por la esclarecedora «Historia de un deicidio» y por «La orgía perpetua», que dedicó a su admirado Flaubert.

Hace ya tiempo, que la celebridad de Vargas Llosa ha traspasado las fronteras de la lengua española. Las traducciones de sus libros aparecen en los idiomas más diversos. Creo, en cualquier caso, que este Premio Cervantes, que hoy vamos a entregarle, constituye una incomparable forma de culminar las muestras de reconocimiento y de afecto con que los españoles -que nos honramos, además, de tenerle por compatriota- hemos recibido sus obras.

El Premio Cervantes, que entregamos a Mario Vargas Llosa en nombre de todos, testimonia la gratitud de los lectores por el gozo que sus obras nos han dispensado, y por el espíritu de solidaridad que nos han imbuido. El día de hoy, y este momento en particular, se intercalan entre el ingreso de Vargas Llosa en la Real Academia de la Lengua Española y el discurso que dirigirá próximamente a los miembros de la misma, que le han elegido como a uno de sus pares.

Pero esta es una ocasión propicia para vivir el presente, para dirigir a Vargas Llosa nuestros parabienes, para congratularnos con su merecidísima obtención del Premio Cervantes correspondiente a 1994. Y sobre todo, para recordar y reavivar las aleccionadoras emociones y tomas de conciencia que este peruano universal ha ofrecido a todos cuantos hemos tenido entre las manos cualquiera de sus libros.

Queda clausurado el acto de entrega del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 1994.

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