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Palabras de Su Majestad el Rey en el almuerzo ofrecido a una representación del mundo de las letras

Palacio Real de Madrid, 26.04.2011

U

n año más nos convoca puntualmente el recuerdo de Cervantes. En realidad, lo llevamos con nosotros en todo tiempo.

Su escritura condensa tal cantidad de humanidad, que en ella encuentra cada uno referencia segura en las circunstancias más diversas: para pensar y resolver con buen juicio; para afrontar con valor los momentos difíciles; para reír y para llorar. Y lo propio nos sucede en cuanto comunidad.

Desde que hace cuatro siglos echó a andar, don Quijote ha recorrido todos los caminos de nuestra lengua en España y en América. De ahí que su libro sea proclamado como evangelio de la cultura y la historia de los que hablamos español.

A esa historia pertenece ya para siempre el gran poeta chileno, Gonzalo Rojas, fallecido ayer y a quién hoy recordamos con dolor. Aél le gustaba presentarse como "hijo del minero de carbón" e imaginar a Cervantes "leyendo el mundo y releyéndonos".

En la lista de nuestras efemérides colectivas, la del aniversario de la muerte de Don Miguel supone una ocasión propicia para reavivar la conciencia de lo queél, en su obra, supone.

Se multiplican las lecturas del Quijote y, conél, salen los libros a la calle en busca de diálogo: lo escrito cobra vida y las palabras se erigen en protagonistas, hasta hacernos comprender que ellas son, en definitiva, las que constituyen nuestra realidad.

Pero el viejo hidalgo manchego no regresa solo. Como don Quijote, llega siempre acompañado.

Hace hoy función de escudera de nuestro Premio Cervantes, la tercera mujer que, tras María Zambrano y Dulce María Loynaz, se incorpora a la lista de esa corte de cervantinos elegidos. En ellos reconocemos el mejor y más variado desarrollo de cuanto el Quijote encierra. De seguro que el caballeroso hidalgo estaba esperando que otra dama se incorporara a su cortejo.

Y sin duda que no podía elegirse hoy en cuantos cultivan la lengua de Cervantes una escritora más cercana a su visión del mundo y a la lucha por los ideales que de ella se derivan.

Ana María Matute pertenece por edad, como Josefina Aldecoa que hace poco nos ha dejado, al grupo de escritores marcados como«niños de la guerra».

Tal vez por eso -se ha escrito- que desde su primera obra, Los Abel, no ha hecho otra cosa que mirar al mundo con asombro:«El asombro de los doce años ante el mundo -ha confesado ella misma- aún no me ha pasado». Por ese mundo, trasladado a sus novelas, se mueven figuras desvalidas en un horizonte desgarrado por la discordia y el enfrentamiento.

Ella las contempla con esa mirada infantil que descubre la verdad desnuda y que, al reflejarla en el brillo de las palabras como en un espejo pulido, nos conmueve intensamente.

Toda su obra tiene ese inconfundible sello cervantino.

De pronto, la asombrada mirada infantil ensancha el horizonte y produce obras como Olvidado rey Gudú, donde una princesa niña planta, frente a su habitación, unárbol mágico, a cuya sombra viven ella y sus amigos, incomprendidos por todos los demás. Es el mundo mismo de los libros de caballerías en el que se mueven débiles y poderosos, donde pugnan la fragilidad y la fuerza, el amor y la muerte.

La palabra de Ana María Matute nos contagia su temblor ante la realidad amenazante y el gozo de vivir la aventura de los sueños; en definitiva, de la libertad que funda la palabra.

Para acompañar a Doña Ana María Matute en esta celebración estáis hoy aquí académicos de España y de América, escritores y críticos, periodistas culturales, agentes literarios, editores y libreros.

Os invito a brindar, junto a la Reina y los Príncipes de Asturias, por nuestra premiada y por lo que el Premio Cervantes significa como homenaje a esa palabra cervantina que busca defender el ideal de un mundo más justo y solidario.

Muchas gracias.

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