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Palabras de Su Majestad el Rey al inaugurar la Exposición "El esplendor de los Omeyas cordobeses"

Córdoba(Medina Azahara), 03.05.2001

S

ean mis primeras palabras para expresarles mi bienvenida más cordial, y la especial satisfacción que siento al recibir en este recinto palatino califal al Señor Presidente de la República Árabe Siria, y dirigir un saludo muy especial al Presidente de la Comisión Europea, señor Romano Prodi, y a otras distinguidas personalidades a quienes agradezco su presencia en este acto.

Nos reunimos aquí para celebrar el esplendor de los Omeyas. Esplendor es, en efecto, el término que con mayor precisión define aquella brillante civilización de Monarcas victoriosos que fueron a la vez mecenas principescos.

El esplendor de los mosaicos de la Mezquita de Damasco y los palacios aledaños vuela al otro lado de nuestro mar Mediterráneo para brillar en Córdoba con una arquitectura verdaderamente imperial, por su elegancia y fuerza expresiva.

Como españoles recordamos con orgullo esta época especialmente brillante de nuestra historia, que no en vano lleva el nombre de hispanomusulmana.

Córdoba era entonces la capital de Occidente, ejemplo y espejo de una civilización urbana, en la que tenían un papel importante los profesionales y clases medias vinculadas al estudio del derecho, a la industria y al comercio internacional.

Con sus famosas bibliotecas y sus exquisitas obras de arte, esta ciudad fue asombro de Europa, cuyas maravillas no se cansaban de enumerar cronistas y embajadores.

Fue también muestra generosa de una renovación sin precedentes del pensamiento y la cultura europeos, a los que infundió nuevo y duradero aliento, con nuevas formas poéticas, ensayos de amor cortés, cuentos eruditos o socarrones, y, finalmente, con el "corpus" de la cultura griega, desaparecida tras la caída del Imperio Romano.

De aquellas glorias nos queda hoy lo más grande y perdurable: la aventura del saber, las empresas del pensamiento y la cultura como motor del progreso y núcleo de lazos indestructibles entre los hombres y los pueblos.

Esta Exposición quiere concretar estos principios en una filosofía de la convivencia, fundamental en las relaciones entre el mundo islámico y Europa, a través de España.

Estoy seguro, Señor Presidente, de que los actos conmemorativos de los Omeyas cordobeses, y en especial su itinerario cultural, contribuirán a la protección y conservación de nuestro patrimonio artístico, fomentarán un turismo de calidad, y mejorarán el conocimiento y aprecio de nuestras artes y oficios tradicionales.

De Damasco a Córdoba, muchas ciudades y pueblos van a sentirse enlazados por este camino, desde Arabia y el Próximo Oriente hasta el África mediterránea, el Magreb y España.

Este acto, Señor Presidente, tiene un profundo significado de hermandad árabe y europea. Para Vuestra Excelencia y para mí suponen, por tanto, una especial responsabilidad. Sé que ambos la aceptamos, no sólo por nosotros, sino en nombre de nuestros pueblos, que estoy seguro se solidarizan con esta empresa de recrear un espacio de cooperación en el área euromediterránea, felizmente recuperada.

Cuando, hace más de un milenio, el primer omeya, Abderraman I, desembarcó en España, dijo de nuestra tierra que "Toda mi familia pudo venir a un país, que era como su propia casa". Hoy queremos, Señor Presidente, que os encontréis aquí como en ella.

Os reitero mi gratitud por vuestra presencia y os invito a inaugurar conmigo esta Exposición.

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