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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala en honor de Sus Altezas Reales los Grandes Duques de Luxemburgo

Madrid(Palacio Real), 07.05.2001

A

ltezas Reales,

Ayer fue asesinado en Zaragoza el Senador y Presidente del Partido Popular en Aragón, Don Manuel Giménez Abad, en un repugnante atentado perpetrado por la banda terrorista ETA.

Queremos esta noche, en esta cena de Estado en la que recibimos al Jefe del Estado de un país amigo, condenar una vez más, de la manera más firme, este miserable asesinato y transmitir a la familia de Don Manuel Giménez Abad nuestra solidaridad más sincera con su dolor, que es el nuestro.

En estos momentos, miles de ciudadanos, representando el sentir de todos los españoles de bien, están haciendo patente en las calles de Zaragoza su repulsa a este nuevo crimen de ETA. Mi familia y yo, y todos los aquí presentes, estamos esta noche, como personas, como ciudadanos y como demócratas, codo con codo con quienes en la capital de Aragón están expresando públicamente su compromiso por la libertad y contra el terror.

La lucha contra el terrorismo, que recurre a la violencia para imponer sus ideas en una sociedad plenamente democrática, supone la lucha por las libertades y derechos fundamentales de nuestros ciudadanos en la que coinciden todos los demócratas. Una lucha en la que siempre hemos podido contar con el apoyo de Luxemburgo, que también propicia la cooperación internacional y europea contra esa vil forma de delincuencia organizada.

Altezas Reales,

Constituye un gran honor y un motivo de especial satisfacción, daros hoy nuestra más cordial bienvenida, en Vuestra primera Visita de Estado a España.

Encarnais la más Alta Magistratura de Luxemburgo, un Estado ligado a España por profundos vínculos históricos y estrechos lazos de amistad, que hoy cobran nuevo dinamismo en el seno de la gran familia de Naciones que integra la Unión Europea.

Para todo el pueblo español y para nosotros sus Reyes constituye, además, una gran satisfacción, el que hayáis querido elegir España como destino de Vuestra primera Visita de Estado como nuevos Soberanos de Luxemburgo.

Somos particularmente sensibles al significado de esta elección, que merece nuestra gratitud, como noble expresión de la profunda amistad que Luxemburgo y sus nuevos Grandes Duques han querido testimoniar una vez más a España.

Permitidnos enlazar estas primeras palabras de agradecimiento, con la renovada expresión de nuestros más sinceros y mejores votos para el Gran Ducado y para Vuestras Altezas Reales al comienzo de Vuestro reinado, que deseamos tan largo como fructífero.

En Vuestras Altezas Reales converge la mejor tradición con una patente vocación de futuro, rasgos que, sin duda, contribuirán a reforzar el bienestar de vuestros conciudadanos, su siempre valiosa contribución a la construcción europea y la solidaridad internacional de vuestro pueblo.

En la consecución de los más altos y nobles objetivos del pueblo luxemburgués, sabemos que el Gran Ducado dispone en Vuestra persona, Alteza Real, de su más firme, entusiasta y leal valedor.

De ahí el prestigio y gran popularidad de los que gozáis entre los luxemburgueses y la alegría con la que Os han acogido como nuevos soberanos, sentimientos que marcaron las recientes celebraciones de Vuestro acceso al trono, a las que asistió el Príncipe de Asturias.

Vuestras Altezas Reales dan, además, nueva continuidad a una Dinastía querida y respetada, no sólo en el Gran Ducado, sino más allá de sus fronteras. El fructífero reinado de Vuestros augustos padres, con quienes nos une una especial amistad, merece el mayor reconocimiento.

La Reina y yo deseamos recordar hoy el cálido y generoso recibimiento que el Gran Duque Juan y la Gran Duquesa Josefina-Carlota nos tributaron en Luxemburgo en julio de 1980 durante nuestro Viaje de Estado al Gran Ducado.

Nos impresionó el elevado nivel de bienestar alcanzado por Luxemburgo, la laboriosidad y el dinamismo de sus gentes, la belleza de su entorno natural, y la riqueza histórica y la belleza de sus monumentos. Tuvimos entonces ocasión de rememorar la amplitud de nuestros vínculos culturales e históricos.

Luxemburgo es, sin duda, un ejemplo de pujante, sólido y equilibrado desarrollo, que ha sabido proporcionar envidiables cotas de bienestar económico, social, educativo y cultural a sus ciudadanos. Pero el Gran Ducado se caracteriza, al mismo tiempo, por haber tenido la altura de miras y la generosidad necesarias para constituir no sólo una sociedad rica y fecunda, sino también solidaria y abierta, tierra de acogida durante años de numerosos españoles.

Recordamos con gratitud que durante nuestro Viaje de Estado en 1980 estuvo presente, junto a la tradicional hospitalidad del Gran Ducado, su pleno apoyo al inicio de una nueva etapa en la historia de España, que se abría a la esperanza y al futuro, con la ilusión puesta en su plena participación en las instituciones europeas.

Ahora, veinte años más tarde, podemos afirmar que las metas que entonces nos propusimos se han alcanzado, contando con el apoyo de grandes países amigos, entre los que siempre destacó el de Luxemburgo.

Altezas Reales,

La España que hoy os da la bienvenida, constituye un país moderno, que vuelca su actividad en los principales foros decisorios de su espacio natural, que es Europa, y en el desarrollo de los dos otros vértices esenciales e indisociables de su política exterior: el Atlántico -marcado por una profunda vocación iberoamericana-, y el Mediterráneo.

España ha impulsado también en este tiempo la promoción de los principios que compartimos con Luxemburgo y que nos comprometen con una política de defensa de los derechos humanos, del imperio de los principios democráticos, de apoyo al mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, y de fomento de la solidaridad a través de la cooperación al desarrollo.

España es uno de los países de Europa que más ha avanzado en los últimos años en sus legítimos anhelos de alcanzar el promedio de niveles de bienestar económico y social que registra la Unión Europea.

La economía española ha logrado una de sus más profundas y saludables transformaciones, y hoy se encuentra entre las más dinámicas y abiertas del mundo.

Así, hoy España, contando con la iniciativa y visión de futuro de nuestros operadores económicos, y sin perder su atractivo como destino privilegiado de la inversión extranjera, ha conseguido figurar también entre los primeros países exportadores de capitales. Esa creciente vocación internacional de la economía española ha multiplicado las iniciativas empresariales conjuntas con otros países europeos, de las que se registran ejemplos recientes con Luxemburgo.

No son nunca casuales las referencias a la Unión Europea, cuando se encuentran España y Luxemburgo.

Europeidad y europeismo forman parte de la esencia más moderna de nuestros dos países. Ambos compartimos una misma voluntad en favor de una Europa cada vez más unida, abierta y solidaria. Un espíritu, que constituye el fundamento último de nuestras políticas en el seno de las Instituciones comunitarias.

El Gran Ducado se ha perfilado como un modelo indiscutible de buen hacer en la política europea. Luxemburgo no sólo fue miembro fundador de las entonces Comunidades Europeas, sino que supo aportar su muy valiosa experiencia y su entusiasmo integracionista. Así, con particular generosidad, los luxemburgueses habéis puesto al servicio de Europa vuestras ideas, vuestras gentes y la sede de instituciones de la Unión.

En los foros de la Unión Europea se escuchan las opiniones del Gran Ducado, con el interés con que se atienden siempre las iniciativas y los criterios de quienes, desde un conocimiento profundo de la realidad comunitaria, han intentado dar lo mejor de sí mismos en aras de un futuro mejor para el Continente.

Luxemburgo y España también comparten unos mismos criterios y objetivos frente a los principales retos que la Unión Europea afronta de cara a su futuro.

Me refiero, en primer lugar, a la próxima ampliación de la Unión Europea hacia el Centro, el Este y el Sur de Europa, un proyecto de largo alcance, que, sin duda, revitalizará el edificio de la integración europea y que España apoya decididamente. Un apoyo que entendemos debe ser el reflejo de la debida solidaridad frente a lo que constituye una responsabilidad histórica, una prioridad política insoslayable, y una oportunidad de futuro para todo el Continente y para la propia España.

Pocos Estados pueden comprender mejor que España la legítima aspiración de integración en la Unión Europea de unos Estados clave en la configuración de Europa, que ven en ella un referente esencial para sus respectivos procesos de democratización, modernización y desarrollo interno. Afrontemos con decisión esta gran tarea de reunificación europea, poniendo fin a décadas de injusta división de nuestro continente.

Me felicito de que Luxemburgo y España compartamos la necesidad del mismo empuje, a la hora de realizar este proyecto, en plazos tan breves como sea posible.

Colaboración y solidaridad, alentadas por nuestros dos países, serán necesarias también para impulsar otros objetivos básicos del proyecto de construcción europea. Tal es el caso de la puesta en marcha de una Política Común de Seguridad y Defensa, o del desarrollo de un verdadero Espacio de libertad, justicia y seguridad. En los próximos meses deberemos también ir encauzando la tarea de reflexión sobre algunos de los más importantes asuntos previstos para la Conferencia Intergubernamental del 2004, con el acicate de que en ella intervendrán con mayor intensidad los sectores más representativos de nuestras respectivas sociedades.

Altezas Reales,

El papel central que desempeñan los asuntos europeos en nuestras relaciones, no nos hace olvidar los otros amplios espacios de entendimiento que Luxemburgo y España también comparten fuera de nuestro Continente.

La lealtad que ha caracterizado siempre a Luxemburgo en la Alianza Atlántica, de la que el Gran Ducado es miembro fundador; su generosidad en su política de cooperación al desarrollo; y su activa contribución al sistema de Naciones Unidas, ámbitos a los que ambos países aportamos muchos de nuestros mejores esfuerzos, forman también parte fundamental de ese fértil sustrato en el que nuestras estrechas relaciones bilaterales encuentran arraigo.

Este mutuo entendimiento hunde sus raíces en intensos vínculos, producto de una fructífera y bisecular historia compartida. De esta gran etapa de nuestra historia común quisiera hoy destacar que Luxemburgo y España somos aún hoy tributarios de la herencia espiritual de uno de los más grandes y preclaros hombres que ha tenido Europa, el Emperador Carlos, que soñó y trabajó en su día, como hoy lo hacemos nosotros, por una Europa más unida, vertebrada en torno a una comunidad de valores e ideales compartidos.

Convencidos, pues, de que España y Luxemburgo seguirán trabajando conjuntamente, alentados por este presente pujante y por el prometedor futuro al que se dirige el rumbo de nuestras relaciones, levanto mi copa para brindar por la ventura personal de Vuestras Altezas Reales, por la felicidad y bienestar del noble pueblo luxemburgués y por nuestra creciente amistad y entendimiento bilateral en el seno de la gran familia europea.

Muchas gracias.

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